viernes, marzo 25, 2011

VANITAS



Voy dando cabezadas en el autobús, al mediodía. Observo que es algo bastante habitual en estos trayectos interurbanos. Y que también afecta a los más jóvenes, que son los que con menos recato se entregan a estas intempestivas siestas casi frailunas, previas al almuerzo que les espera en casa, o a la soporífera clase de primera hora de la tarde. Sin embargo, pese a la evidencia de que voy rodeado de veinteañeros que dormitan con la cabeza caída y la boca abierta, no dejo de avergonzarme un tanto cuando soy yo mismo quien experimenta una de esas sacudidas que ponen de manifiesto que los músculos de mi cuello habían alcanzado ya un punto de relajación en el que les era imposible sostenerme la cabeza... Soñarreras de viejo, me digo, creo que con razón, porque lo que verdaderamente caracteriza el sueño extemporáneo de los jóvenes no es que caigan en él, sino la facilidad con la que, una vez dormidos, mantienen el sueño sin dificultad ni remilgos (y, por supuesto, sin ninguna mala conciencia) durante el tiempo que haga falta.


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"Las hijas de las madres que amé tanto...", decía aquel socarrón viejo verde metido a poeta. Me atrevería yo a remedarlo, según mi experiencia actual: "Las madres de estas hijas que podrían ser mías / me gustan más incluso que las hijas".


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Vuelvo a Gómez de la Serna, después del grato paréntesis de lectura deparado por el libro de Eloy Sánchez Rosillo. Lavativas, instrumentos quirúrgicos, prótesis de madera, no sé si dentaduras... El Rastro madrileño como una vanitas de Valdés Leal, sí, pero sin esa afectación moralista de las vanitates. Más bien, un cínico muestrario de la clase de sórdidas bambalinas que sostienen el pretencioso retablo humano. Cualquiera que haya metido las manos en según qué montones de cosas viejas sabe que el olor inconfundible que desprenden es el de la muerte.

1 comentario:

Arrowni dijo...

Cabecear en el autobus me parece un placer absurdo, lograr el reposo sumido en el movimiento y la velocidad, mientras la ciudad me arrastra a lugares que pretendo ir. Es buena alegoría moderna.

Añado otra imagen "nueva" que me parece atinada: La inmensa similitud que las salas de espera de los hospitales tienen con el purgatorio.