lunes, abril 04, 2011

ALGO SE MUEVE

La mezcla de llovizna y relativo calor presta a esta primera hora de la mañana del domingo -no tan primera, en fin: son las once; lo que pasa es que, al parecer, nadie se ha levantado aún- una cierta atmósfera de bochorno tropical. He salido a comprar el pan. Pesa el chubasquero y hiere el oído el sonido de los propios pasos en la calle desierta. Un viejo en camiseta me mira desde una ventana con gesto de reproche, supongo que molesto por ese sonido extemporáneo, al que la cualidad del aire infunde una resonancia de golpes en un lugar cerrado. La verdadera intimidad, seguramente, no es la que sucede a espaldas del viejo, en ese dormitorio todavía por ventilar en el que ronca todavía su mujer. La verdadera intimidad es ésta que voy quebrando con mis pasos... Hablo del tiempo que hace, como ha señalado, no sé si reprochándomelo, un conocido crítico literario -y uno de los mejores, todo hay que decirlo- a propósito de mi libro Pintura rápida. Pero de qué otra cosa puedo hablar para aludir al correlato exacto de mi estado de ánimo; es decir, a todo aquello que en este justo momento, por ser exterior a mí, hace de espejo. Lo otro sería espeleología del alma, que es un deporte algo peligroso de practicar cuando no se sabe qué se está buscando. Hablo del tiempo que hace, sí. Y quizá sea ésa la única manera posible de hablar del Tiempo sin más.


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En televisión dedica un reportaje al libro ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel. Saco la conclusión de que la indignación a la que apunta este autor respecto a la actual crisis económica y a la impotencia ciudadana ante la avalancha de políticas antisociales que, amparándose en ella, están impulsando los distintos gobiernos, no deja de ser una bienintencionada pamema, destinada a reforzar la adhesión de los ciudadanos al mismo sistema que los maltrata... Pero el caso es que algo se mueve. El hecho mismo de que la televisión dedique un espacio importante al posible nacimiento de un sentimiento de indignación ciudadana resulta ya significativo, por más que esa misma televisión, como me hacía ver hace poco un amigo, oculte o silencie que algún país europeo -Islandia- ha sido capaz de llevar a cabo una revolución tan radical como las que se intentan ahora en algunos países islámicos, y con sorprendentes resultados: los islandeses han hecho dimitir a su gobierno y parlamento, han elegido una asamblea de veinticinco ciudadanos no adscritos a ningún partido político para elaborar una nueva constitución, han nacionalizado la banca y se han negado a pagar la deuda acumulada por la antigua banca privada, de la que no se sienten responsables. Algo se mueve, sí, aunque no sea uno capaz de dilucidar el sentido e intenciones de ese movimiento que empieza a despuntar. 


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El que no se mueve soy yo. Y como no he salido de casa, para no mezclarme con las hordas de motoristas que a lo largo de todo el fin de semana han atronado las carreteras de la provincia, ha habido tiempo sobrado para leer. Algún efecto positivo habían de tener esas desmesuradas exacerbaciones del ruido ambiente: por contraste, uno se encierra aun más en su silencio. Y en este silencio han comparecido el libro que Sandra Santana ha escrito sobre Karl Kraus -otro "indignado" contra la sociedad de su tiempo; aunque su indignación fuera más sutil y de más hondo calado que la preconizada por Hessel-, una selección de textos del propio Karl Kraus, la antología poética de José María Cumbreño -un grato descubrimiento- que ha publicado Ediciones Siltolá, y el segundo libro de poesía -también en esa editorial- de Olga Bernad, Nostalgia armada,  que confirma plenamente las expectativas planteadas por el primero... Libros y películas -Strange Cargo, de Borzage; Il Grido, de Antonioni-, para salvar un fin de semana al que uno llegaba resignado a la reclusión; y que, en cambio, se ha resuelto de la mejor manera posible; y hasta con acompañamiento de pájaros -ahora mismo los oigo cantar en mi balcón, como poniendo un coro impostado a estas notas-.

4 comentarios:

Manuela Fernández Santamaría dijo...

He recuperado, por fin, el acceso a la lectura matinal y placentera de tus miradas internas y externas.
Hablar del tiempo en la forma en que tú lo haces es meterse en una dimensión que bien poco tiene que ver con el parte metereológico. No sé si el crítico te leyó antes de hablar.
Aquí nunca nos pondríamos de acuerdo para elegir a un comité de ciudadanos. Y si lo hiciésemos, no tardaríamos en destrozarlos. Creo.

ACdR dijo...

Vaya esto por la literatura metereológica en sentido amplio. ¡Si hasta un grandísimo poeta como T. Segovia dice que siempre pensó más con el clima que con el pensamiento!

Sara dijo...

Entre el Tiempo del que habla la metafísica y éste del que tú hablas aquí - esa llovizna matinal camino de la panadería "quebrando intimidades a cada paso" (uf, qué bueno)- me quedo, claro, con este último.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Manoly, Antonio, Sara. Qué placer hablar del tiempo con tan buenos interlocutores.