jueves, abril 21, 2011

DOS ANOTACIONES A PROPÓSITO DE UN CUENTO

A falta de otro cuaderno, anoto aquí un par de impresiones surgidas de la lectura de "Un gran día para tus biógrafos", el cuento que abre el libro Tanta gente sola, de Juan Bonilla. A veces me he preguntado si los escritores sistemáticos, los empeñados en forjarse un estilo o en tener una concepción del mundo inconfundiblemente propia, forjan esta presunta personalidad estilística o ideológica a fuerza de anotar lo que otros, simplemente, leemos y más o menos olvidamos. Yo, desde luego, no soy de esa clase de escritores: nunca me he empeñado en desentrañar los recursos creativos de otro, bajo el convencimiento de que ese conocimiento pudiera activar los míos. Y si ahora anoto aquí estas sugerencias surgidas del cuento de J.B., no es porque crea que puedan serme útiles en algún momento. Más bien todo lo contrario: registrarlas aquí supone, de alguna manera, invalidar cualquier variación futura que pudiera ocurrírseme a partir de ellas. 


Pero voy al grano. La primera: "Era lo que tenía utilizar la biografía como materia prima para escribir, se quedaba uno sin nada ante los otros". Lo que, curiosamente, tiene algo que ver con lo apuntado antes: lo escrito, en cierto modo, queda invalidado para su uso en otros comercios de la vida. Alguna vez me he sorprendido a mí mismo contando a otra persona cosas que ya había escrito en este cuaderno y que el otro había leído; y he experimentado la consiguiente sensación de vaciedad, de agotamiento. También ha sucedido lo contrario: alguien acude a este cuaderno y reconoce comentarios o situaciones que yo ya le he referido de palabra. ¿Mejora el apunte lo dicho en persona? ¿Lo corrobora? ¿O, más bien, siembra en el receptor la duda de que todo lo que proviene de esa fuente viene tocado por una nota de afectación, de fingimiento o impostura literaria? Puede ser. Y la única manera que se me ocurre de solventar esta preocupación es dar por sentado que el verdadero discurso de uno sea éste; y que el otro, el contingente, el que se improvisa en las mil y una situaciones más o menos inesperadas a las que se enfrenta uno diariamente, es sólo el borrador; o, en todo caso, una mala rendición de un texto posiblemente mejor pensado y puesto en palabras.


Y otra: la idea, explicitada en el desarrollo del cuento, de que la poesía -la literatura, en general- queda en desventaja cuando compite abiertamente con otras artes o habilidades destinadas a entretener a un público. J.B. plantea una hipotética fiesta de despedida de soltera en la que los artistas invitados son un malabarista, un pinchadiscos y un poeta; y da cuenta del sentimiento de inferioridad que asalta a este último cuando le llega el turno de actuar. En la mayoría de las situaciones cotidianas, en efecto, las habilidades aparejadas a la práctica de la poesía sirven de poco. Saber contar chistes o rasguear una guitarra tienen más valor, desde luego. Incluso cuando la competición se establece entre artes de similar categoría reconocida -entre pintores y escritores, por ejemplo-, hay una cierta desventaja para la palabra; entre otras cosas, porque lo que se obtiene combinando palabras no tiene valor alguno que se pueda tasar. Un libro vale lo que su continente: el precio del ejemplar impreso, calculado según lo que ha costado componerlo, imprimirlo, distribuirlo y asegurarles una mínima ganancia a todos los que han participado en el proceso (editor, distribuidor, librero), de la que no siempre participa el autor. Un cuadro, en cambio, vale... lo que el pintor quiera pedir por él y el comprador se avenga a darle. 


Una vez, por cierto, me vi implicado en una competición de esa clase. A unos amigos pintores y a mí nos tocó organizar -o, más bien, encauzar- una fiesta multitudinaria que originó una serie de gastos; y, para que esos gastos no recayeran exclusivamente sobre el desbordado anfitrión, decidimos rifar entre los asistentes unos cuadros de los pintores y un poema mío, autógrafo e inédito -un soneto que ahora forma parte de Diario de Benaocaz-. Por supuesto, las exclamaciones de alegría del ganador no eran por llevarse a casa un papel con un texto escrito, sino por las dos hermosas tablas pintadas al óleo que a partir de entonces iban a adornar el salón de su casa. Sí, se juega en desventaja; y no sólo ante malabaristas o DJs.


Queda anotado.

1 comentario:

Arrowni dijo...

Se desdobla la reflexión en dos situaciones diversas en la que creo atinadamente que la escritura se presenta inmaterial.

El malabarista actúa por un instante, la fuerza de su trabajo y su destreza se juegan en el momento. Cada movimiento es diferente y cada uno responde en su totalidad -alguna variante de dificultad considerada- a la calidad del oficio. Cuando se repite un poema, si vemos al poeta como un individuo performativo, es verdad que el recitar no es reescribir el poema, ni acompaña ese desgarramiento que al poeta a veces se le exige, porque si no se le da por perezoso. Habrá algún desertor de los buenos modos que dirá que un poeta que improvisa un poema para una fiesta, no es mejor visto que un hechicero, yo tan solo lo achacaría a un par de debilidades: La visión nos encanta más que el sonido, el tiempo puesto por el autor en una obra es perjuicio del artesano, no se puede poseer un gran poema en un solo instante -ni en cualquier instante-.

Cuando se ve al escritor o al poeta como artesano, y es la letra -y no el libro objetual-, su principal obra. Nos encaramos hacia el dilema de que una historia no se posee. Si colgamos un cuadro en la casa, tenemos ese único y real cuadro. De alguna forma si es una réplica, pierde ese mismo valor de unicidad, pero sigue siendo nuestro. Podemos comprar 300 libros en una feria y no poseer 10 palabras que los contengan. De saber los poemas de Rilke de memoria, uno no lo posee menos que cualquier rilkeano, o cualquier adolescente que sorprendido descubre un verso suelto en la biblioteca. Esta noción de intangibilidad también nos pondrá siempre en material desventaja. Habrá quien trate de rebatir esta invalidez, mientras que yo aceptaré que ni siquiera cubro todo el menoscabo de la palabra.

Pero bueno, si a comparaciones vamos, probablemente el músico consigue más mujeres.