lunes, abril 25, 2011

EXPERIENCIAS AJENAS

Termino Madrid ha muerto, la novela de Luis Antonio de Villena sobre el Madrid de los ochenta. La he leído en ese estado de alerta con que se asoma uno a los relatos que le conciernen, lo que se ha traducido en una especie de avidez; no ya porque la literalidad de lo contado se parezca a mi propia experiencia de ese tiempo -es más bien lo contrario-, sino porque he reconocido el trasfondo, el clima, las expectativas de los personajes. Lo que tampoco es extraño: si algo caracterizó la década, fue el exceso de autoconciencia; por lo que no resulta nada extraño que, al final de la novela, su protagonista no tenga empacho en hacer balance de lo vivido en esos diez años exactos, como quien cierra un periodo contable... Por comparación, las dos décadas que han venido después resultan difusas, y no creo que nadie, al terminar 1999, pongo por caso, atribuyera a la cifra redonda por estrenar un valor de cierre o comienzo, por mucho que el año 2000 se adornara con toda clase de simbologías que, a la postre, resultaron inanes. En torno a 1990 sí podía resultar bastante pertinente hacer balance final de la década precedente. Yo mismo lo hice: tengo ahí el cuaderno en el que tracé un somero esquema de lo vivido entre mis tiernos diecisiete años y mis ya curtidos veintisiete. No se parece mucho, en fin, al tipo de cosas que cuenta Villena; pero, si la letra es distinta, la música al menos resulta reconocible. 


Acierta Villena, creo, al vincular el cambio de clima que sobrevino al cierre de la década con la evolución política española en general. Al final del libro se recalca la paradoja de que los mismos que legalizaron o toleraron determinadas cosas -el consumo de drogas blandas, por ejemplo-, se ocuparon luego de prohibirlas. No entra uno a pronunciarse sobre estas delicadas cuestiones; pero sí entiendo perfectamente el punto de vista desde el que enuncia su disconformidad el protagonista-narrador de la novela. Que también, lúcidamente, acierta a darse cuenta de que aquella manera de vivir, supuestamente transgresora, sólo resulta divertida mientras se tiene cuerpo y ánimo para sobrellevarla. Después de los desengaños y las malas resacas -o los malos viajes, tanto da- lo normal es que se imponga una cierta aspiración a la serenidad. El protagonista no emplea esa palabra, pero es la que más concuerda, creo, con sus desengañadas reflexiones finales.


Desde cierto punto de vista, podría reprochársela a Villena que soslaye determinadas cuestiones que tuvieron una influencia determinante en el clima vital de la década. Que no mencione, por ejemplo, el peso del terrorismo de ETA sobre la sociedad española. Hubo años en esa década en los que la frecuencia de los asesinatos terroristas arrojó un promedio de uno cada sesenta horas... ¿Influía eso de alguna manera en las vidas de quienes asumían el despreocupado hedonismo que retrata esta novela? Depende. Lo primero que veía uno al llegar a Madrid era el cartel con los rostros de los terroristas más buscados, colgado en las estaciones de trenes y oficinas de correos. Y hubo campañas -recuerdo una en septiembre-octubre del 86- en las que las autoridades animaban explícitamente a los madrileños a denunciar la presencia de cualquier extraño "sospechoso" en sus bloques o barrios. No creo que esas campañas fueran especialmente efectivas; de lo contrario, la mitad de la población de Madrid, formada por transeúntes, hubiera tenido que pasar por comisaría. Pero ese clima explica que personajes como Corcuera o Barrionuevo llegaran a ser ministros del Interior, y la rápida extensión de ciertas prácticas policiales poco ortodoxas -la famosa "patada en la puerta" de Corcuera- a ámbitos que no tenían nada que ver con la lucha contra el terrorismo.


¿Ilumina este relato alguna zona de la propia experiencia que a uno le interese recordar? Sí y no. Lo relevante de las experiencias ajenas es la capacidad que puedan tener para aclarar algo el sentido de las propias. Pero el relato de éstas últimas será siempre distinto, singular. Eso es lo que me lleva a frecuentar estas lecturas "madrileñas", que intuyo que van llegando a su fin... Pero mi historia es otra. Si no, no tendría sentido molestarse en escribirla.

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