viernes, abril 29, 2011

"FAMIGLIA"



"Me da mucha vergüenza lo que has escrito sobre mí en tu diario. Me haces hablar como el pequeño saltamontes de la serie Kung Fu."


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A falta de leer el último relato del libro -no, esto no es una reseña-, trato de encontrar un adjetivo que describa la impresión que me está causando Tanta gente sola, de Juan Bonilla; y que no sea, en fin, uno de esos adjetivos convencionales que suelen emplearse en el tráfico del elogio literario. Y se me ocurre "demoledor". Porque no otro es el efecto que estos perturbadores cuentos causan en el ánimo de quien los lee. Y lo hacen por un doble camino: primero asegurándose la complicidad del lector, mediante la previsible sintonía que éste establece con alguna de las historias que abren la colección -después del desconcertante relato metaliterario que la inaugura-, ambientadas en la infancia y en el mundo escolar; y luego por las incómodas, tremendas certezas que dejan en él los últimos; y que no es que estuvieran ausentes de los primeros, sino que en éstos permanecían, por así decirlo, en estado latente, disimuladas o atenuadas por la inconsecuencia de la niñez, y sólo conforme uno va adentrándose en el libro va desentrañando la clave anómala que subyace incluso en estos relatos de apariencia más convencionalmente agridulce. Después de apurar la siniestra broma representada en el que se titula "En la azotea", ya en la segunda mitad del libro, el lector no se llama a engaño: de lo que se habla aquí, en esta gavilla de historias cotidianas, es de las pulsiones autodestructivas, del egoísmo feroz, de las manías que obnubilan e impiden la capacidad de empatía con el prójimo, de la terrible deshumanización del entorno en el que todo esto sucede... Sale uno muy maltrecho de la lectura de este libro. Y lo llamativo del caso es que termina uno agradecido por la monumental paliza que acaba de propinarle su autor. 


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Ya se sabe para qué viene uno a estos sitios: a hacer bulto, a contribuir a que los dolientes se sientan distraídos y acompañados. Por lo demás, en cuanto se han dado las condolencias de rigor -muy sentidas en este caso, porque se refieren a una persona muy ligada a mi infancia, sobre todo-, cuajan los corrillos y empieza a subir el tono de las conversaciones. Y crece también la sensación de que es en estos actos obligados, un poco vacuos, de la vida social y familiar donde uno realmente constata su pertenencia a una tupida red de compromisos, intereses y afectos, más compleja e inextricable que la trama superficial que constituye, pongo por caso, la jerarquía laboral a la que pertenecemos o nuestro estatuto ciudadano, o incluso -en mi caso- la etérea condición de escritor. Porque es aquí, en el velatorio, donde se entera uno de que la mujer de la limpieza con la que a veces cruza un comentario bienhumorado en el trabajo es hermana -y, por tanto, tiene una inesperada relación de parentesco contigo- del marido de una prima tuya; que el compañero de trabajo a quien impensadamente has encontrado aquí era vecino del difunto y compañero de juego de sus hijos -y, mira por dónde, desde esa posición dispone de una también impensada ventana a tu propia infancia-; que ese otro pariente del fallecido que te pregunta "si sigues escribiendo" -no sé por qué esa pregunta se formula siempre en esos términos, como si escribir fuera una simple cuestión de pertinacia- está hablando en ese momento con alguien que se te presenta -miren por dónde- como el padre de un joven escritor al que conoces, y al que ves de pronto en un contexto mucho más inmediato y familiar, distinto del ceremonioso rondó que interpretamos cuando coincidimos en algún rito del oficio; y que este otro -¿o es el mismo al que aludí antes a propósito de su parentesco con una compañera?- todavía, a poco que se le tire de la lengua, alberga las mismas fantasías incendiarias que en su juventud -y, miren otra vez por dónde, por primera vez en mi vida, tal vez como resultado del desánimo político y ciudadano que ahora me domina, simpatizo con él... Si todos los aquí reunidos consintiéramos en regirnos por la disciplina de un clan mafioso, constituiríamos la famiglia más poderosa del contorno. Pero no. La ilusión dura lo que el acto piadoso. La noche nos va dispersando por el laberinto de callejuelas de polígono industrial en el que se sitúa este gélido tanatorio. Y en mí sólo queda, como una herida, el semblante desvalido de mi padre, que ha acudido al acto casi sin vestir, en zapatillas de deporte y cazadora, como cuando iba al tajo a poner escayola. No se lo reprocho. Se le ve desanimado. El difunto tenía su edad. 

2 comentarios:

Sara dijo...

Hay mucha ternura en esas últimas líneas. A mí me han conmovido.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias,Sara. La emoción compartida es la mejor lectura que uno puede esperar.