martes, abril 19, 2011

GRANDES SUPERFICIES

Tarde en el centro comercial. El levante sacude sin piedad la explanada del aparcamiento y trae un inesperado olor a mar, pese a que éste se halla a unos treinta kilómetros de distancia. Piensa uno en las desoladas perspectivas de los cuadros de De Chirico; pero, más que desamparo metafísico, lo que sugiere esta explanada azotada por los vientos es la dura franqueza de los tratos que aquí se ofrecen. Hay a nuestro alrededor al menos media docena de lo que llaman "grandes superficies", y entre todas ellas no es difícil hacerse ilusiones respecto a la posibilidad de tirar literalmente la casa por la ventana y sustituir todo lo viejo y desportillado -que es casi todo, en una casa que lleva ya muchos decenios habitada por las mismas personas y gobernada por los mismos hábitos- por cosas nuevas. Aquí hay de todo, e incluso barato: bastarían unos miles de euros para empezar de cero, o para hacerse la idea de que se empieza de cero. Pero no tenemos esos miles de euros, nadie los tiene: vemos a un hombre alto y moreno, perfectamente trajeado, que pasa grandes apuros para hacer que la cajera le tramite el cobro en doce plazos de su cuenta de apenas unos escasos centenares de euros (en su carro de la compra lleva dos o tres pesadas cajas, correspondientes a otros tantos muebles de montaje). M.A., mucho más perspicaz que yo -debería ser ella la que llevase este diario, y eso ganaríamos todos-, se hace rápidamente su composición de lugar: el hombre trajeado no es, como yo aventuraba, un ejecutivo con hábitos extravagantes a la hora de gastar su dinero, sino un "comercial" mal pagado al que acaban de trasladar a esta ciudad y que intenta amueblar someramente un apartamento de soltero. Vemos también a mucha gente que parece haber venido hasta aquí con el único objeto de tumbarse en las mullidas camas exhibidas, e infinidad de niños que corretean o juegan al escondite entre el utillaje. Compradores propiamente dichos hay pocos, lo que apunta a una nueva evidencia: en tiempos de crisis, del capitalismo sólo queda la fachada, la apariencia. En el centro comercial ya no se compra ni se vende: se pasea, que no es poco, mientras pueda hacerse con cierta dignidad y sin que la pobreza aflore demasiado; como sí aflora, en cambio, la incultura y la mala educación -esos niños jugando al tenis en un pasillo, esos envases de batidos o zumos encontrados en el cajón de un mueble, esas mujeres despatarradas en un sofá-. Lo primero quizá tenga arreglo a medio plazo; lo otro, se teme uno, es ya un mal congénito del sistema.

1 comentario:

J.Lorente dijo...

Las Grandes Superficies y Centros Comerciales han sustituído a lo que siempre han sido los Parques y Paseos... La gente va allí a pasear y admirar el paisaje de lo "Adquirible", como esa costumbre que tienen muchas personas (Mujeres sobre todo) que son capaces de pasarse la tarde entera mirando escaparates sin ninguna intención de adquirir nada.

¿Una prueba más de los "Nuevos Valores"?... Quizá.

Un Saludo.