martes, abril 05, 2011

IMPACIENCIAS

De nuevo me rinde el sueño en el autobús: quiero decir que no me deja leer; porque, en cuanto renuncio a la lectura, lo que se impone es el estruendo que me rodea: el barullo de una docena de conversaciones cruzadas, la radio, la vibración ronca del motor... En medio de esa barahúnda, sólo en la lectura podía encontrar silencio. Un silencio interior, en el que incluso es posible echarse a dormir.


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La degradación de la prensa y, con ella, la creciente indefensión del ciudadano frente a la manipulación, la propaganda o los ataques a su intimidad; la presencia asfixiante del Estado en cuestiones de las que debería permanecer apartado: entre ellas, el debate estético, utilizado como arma de legitimación política y controlado mediante la adjudicación discrecional de subvenciones; la impotencia de los intelectuales y su inerme división en bandos aparentemente irreconciliables, según cuenten o no con el favor de ese único mecenas todopoderoso... ¿Hablo de la sociedad española de hoy? No: de la Viena de finales del siglo XIX y principios del XX, según se describe en la monografía sobre Karl Kraus que estoy leyendo. Nada nuevo bajo el sol. De hecho, lo que más sorprende al lector de esta clase de libros es la evidencia de que las novedades sólo lo son cuando el encargado de dar fe de ellas -léase, el periodista de turno- ha acreditado previamente su plena ignorancia de la historia anterior: sólo a quien no sabe nada le parecerá novedoso lo que no es sino mera repetición de lo ya sucedido. Aplíquese, por ejemplo, al debate estético entre los partidarios de la "Secesión" vienesa -que podrían equipararse, grosso modo, a nuestros modernistas- y los detractores de ésta, como el propio Karl Kraus, partidario de un arte depurado, no ornamental y firmemente asentado en la tradición. Es un debate que se ha producido una y mil veces; y que han ganado siempre, digamos, los mismos: los partidarios de un arte pertinente y necesario, acorde con los tiempos; lo que no quiere decir que las generaciones siguientes puedan acogerse tranquilamente a la victoria de sus predecesores y renunciar a librar la batalla que les corresponde.


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Documental sobre el cine español de finales de los setenta. Me impongo el deber de verlo, bajo el mandato de no perder ocasión de documentar el periodo que es objeto de mis indagaciones novelísticas. Y quedo muy decepcionado. Estos cineastas "por fin jóvenes", como decía no sin cierta sorna el crítico Alfonso Sánchez, harto de ver triunfar promociones "jóvenes" formadas por cuarentones, practicaban un cine que, visto hoy, sigue pareciendo cosa de... cuarentones. Véase al triste protagonista de Ópera prima (1980), aquella película que tanto me fascinó a mis tiernos diecisiete años, precisamente porque, a esa edad, uno tenía demasiado prisa por parecerse a determinados adultos de entonces, en los que veía a privilegiados a quienes el momento histórico de cambio había sorprendido en la edad justa. Le podía a uno la impaciencia; y, de hecho, bastó apenas un lustro para que esa sensación de envidia retrospectiva se convirtiera en una orgullosa afirmación del tiempo propio, tal como uno lo estaba viviendo entonces. Eso se correspondió con otro cine, con otros personajes, ante los que el progre tardío que protagoniza Ópera prima seguramente se hubiera horrorizado. De hecho, ya lo hace en la propia película, cuando se muestra tan poco comprensivo con el pacífico y algo bovino nihilismo hedonista que profesa la chica de la que se enamora. Que es estudiante de violín, por más señas, y a la que no cuesta nada imaginarla con los pelos pintados de verde y convertida en instrumentista de alguna banda de la Nueva Ola madrileña, unos años después.

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