miércoles, abril 20, 2011

MADRID HA MUERTO

Empiezo a leer Madrid ha muerto, la novela de Luis Antonio de Villena sobre los años ochenta; y la impresión que se desprende de sus primeras páginas es que, independientemente de la deriva que vayan a tomar las que quedan, esta novela parece escrita -seamos cursis- con el corazón en la mano; o, lo que es lo mismo, con la verdad de lo vivido -de primera o segunda mano: a partir de cierta edad ambas cosas se mezclan y te explican por igual- por delante, condicionando la escritura, haciéndola incluso ingenua a ratos, pero al mismo tiempo infundiendo a lo contado un aire de elegía anticipada. Creo que son las mejores páginas que he leído de este escritor que, desde luego, no figura entre mis favoritos. Claro que incluso las preferencias de uno, que parecen tan asentadas, pueden cambiar.

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Y me alegro de que la lectura de esta novela, comprada en librería de viejo, pese a ser de 1999 -Planeta guillotina rápidamente todo lo que no vende-, coincida con la finalización de la primera redacción de la mía. Cuenta cosas Villena de esa época que el ingenuo protagonista de mi novela no tenía por qué saber. Sabía otras, por supuesto; y por eso se escriben novelas distintas sobre un mismo escenario y una misma época. 

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Lo importante de estas reconsideraciones retrospectivas siempre es la luz que arrojan sobre el presente. "¿Quedaba alguien que aún quisiera ser ingeniero o madre de familia numerosa?", se pregunta Villena en la página 81 de su novela. Quedaban, por supuesto, aunque no lo pareciera. Más de lo primero, a lo que se ve, que de lo segundo. Respecto a este último detalle aún se puede hacer una observación más: el hecho de que no haya demasiadas candidatas a madres de familia numerosa no se debe a que entre las mujeres se haya mantenido el espíritu lúdico de los ochenta, que invitaba a desprenderse incluso de esos destinos manifiestos dictados por la biología y las exigencias sociales, sino precisamente a que lo que ha prevalecido es el otro término de la disyuntiva: ser algo o alguien -ingeniero o lo que sea- en la esfera económica. Lo que significa que la pregunta, por más que refleje con absoluta precisión el espíritu imperante en aquel carnaval de los ochenta, no llega a recoger los términos en que quedó la cuestión apenas terminó la fiesta. Que bien pudieran ser éstos: "¿Queda alguien dispuesto a no sacrificar todo lo demás al éxito económico?". Y lo paradójico es que, después de los sucesivos tumbos que ha ido dando la economía desde entonces, el éxito económico se nos presenta ahora, en estos tiempos de penuria general, como la más inalcanzable de las quimeras.

7 comentarios:

Usoz dijo...

Yo creo que los 80 en Madrid eran más cuestión de cómo hacerse famoso, un nombre como artista –de la Mancha a Holywood–, que de tratar de hacerse rico y obtener ese éxito económico. La fama era la llave que abriría todo lo demás. Eran años en que se era joven y se tenían pocas necesidades, que en la mayoría de los casos solucionaban los padres, que pagaban casi todo, pues los modernos de entonces solían venir de casas en que eso no era problema.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Eso es cierto en un buen número de casos, aunque no en todos. Pero el espíritu, digamos, desentendido de cuestiones prácticas se extendía incluso a quienes no podían permitirse esos lujos. Gracias por el comentario.

Sara dijo...

Creo que el éxito económico como valor supremo comenzó a extenderse por la sociedad española más tarde que en otras sociedades como la norteamericana o la británica. Yo al menos no percibí este fenómeno hasta que me marché definitivamente del país en el 91, aunque también pudiera ser que la edad y la distancia me hicieran más observadora. Desde luego, los cambios acaecidos en estos últimos 20 años han sido increíbles y a menudo, para mi, desconcertantes.
Buena noticia la finalización de esa primera redacción de la novela. Enhorabuena.

marinero dijo...

Sólo una observación: el título del libro de Villena, que no he leído, parece una de esas generalizaciones abusivas a las que son tan aficionados, entre otros, algunos compañeros de generación o de estética del propio LAV. Así Félix de Azúa, cuando hace unos años titulaba un artículo suyo referido a los poetas "Antes de que se extingan", o Túa Blesa hablaba de "el último poeta" a propósito de Leopoldo María Panero. Lo que efectivamente puede haber muerto, o en todo caso indefectiblemente morirá, es una determinada manera de ver la poesía, o el mundo. Pero, en contra de lo que tienden a creer algunos, la poesía o el mundo tienen poco que ver con esas modas perecederas, y les sobrevivirán largamente, como siempre han hecho. Lo único que denuncian esas afirmaciones apocalípticas es lo estrecho (y lo "datado", por tanto perecedero) del criterio de quien las hace.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Totalmente de acuerdo contigo, Sara: el éxito económico se ha perseguido siempre, en España como en otros países; pero su entronización como "valor" sucede a finales de los ochenta o principios de los noventa; en cuanto a las generalizaciones abusivas, Marinero, estoy de acuerdo en desacreditarlas; pero no creo que sea el caso del título de este libro, que sólo alude a la "muerte" de determinado Madrid, de determinada época concreta.

Dani dijo...

Cuales son las fechas de la Movida Madrilenha?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Coincide, "grosso modo", con la década de los ochenta, aunque sus protagonistas cifran su máximo apogeo en torno a 1982, y el comienzo de su declive en 1984. Pero habría mucho que decir sobre estas fechas.