jueves, abril 14, 2011

MAÑANA DE CONVALECIENTE


Casi me volteo el libro de Karl Kraus en las tres horas aproximadas que paso en este centro médico, al que he acudido para hacerme un reconocimiento "de empresa". Y me pregunto en qué términos hubiera retratado este ácido autor, fustigador de tópicos, el ambiente de plácida rutina presidida por sanos principios que impera en este lugar. Nadie tiene prisa, ni tampoco se cumple la expectativa, un tanta alarmista, de pasarme la mañana en una larga fila de hombres en camiseta más o menos preocupados por sus bronquios, sus cervicales o cualquier otro órgano o parte del cuerpo afectada por largos años de trabajo insano. Apenas somos once. Y como, a lo que se ve, estamos todos sanos como peras, con ninguno de nosotros se emplea más tiempo que el necesario para certificar que vemos y oímos bien, que el corazón nos late a un ritmo razonablemente regular, y que no hay motivos fundados para temer por nuestra salud, más allá de las humanas contingencias a las que todos estamos sujetos... Con todo, la experiencia -a la que es la primera vez que me someto- me resulta grata: este ambiente de rutinaria placidez ha tenido la virtud de ralentizar el ritmo un tanto acelerado de las últimas jornadas, y de infundirme ese ánimo optimista que resulta de la contemplación de la multitud de jubilados y amas de casa que ocupa calles, comercios y cafeterías a primera hora de la mañana, y que parece tomarse la vida sin prisas, sin atropellos, sin necesidad de rendir cuentas a nadie. Normalmente debe uno estos intervalos contemplativos a una gripe o a una faringitis. Quizá a eso se deba esta sensación general de extrañeza: esta mañana de convaleciente otorgada a quien previamente no ha cumplido el requisito de enfermar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pues yo, cuando he tenido que pasar tres horas en un centro médico me he cagado en todo.