lunes, abril 11, 2011

OBSTINADOS



Habíamos tomado un par de botellas de vino con la cena y ahora paladeábamos unas copas de coñac mientras arreglábamos el mundo, o contribuíamos a enmarañarlo más, quizá. Daba un poco de grima constatar que habíamos franqueado nuestra privacidad a todas esas palabras huecas que llenan los titulares de los periódicos. Y el riesgo de embriaguez no procedía tanto de las bebidas espirituosas como de toda esa palabrería que nos exaltaba en vano. Cuando, de pronto, nuestro anfitrión hizo un gesto con la mano, para que nos calláramos. Y por la ventana abierta entró, alto y concéntrico, el canto sostenido de un ruiseñor que había hecho parada en un solar vecino. Nos miramos los unos a los otros y agachamos la cabeza, avergonzados, ante lo que nos pareció una suave y oportunísima reconvención para que dejáramos de atronar la noche con nuestra cháchara, tan vana, tan inútil, tan fuera de lugar.


***


El cura de este pueblo, nos dice esta buena anciana, no da abasto. Se ocupa de ésta y de otras tres parroquias, y en fechas señaladas del calendario litúrgico se las ve y se las desea para poder celebrar los oficios de rigor en las tres. En nochebuena, nos cuenta la anciana, ofició tres misas del gallo: una a las siete de la tarde, otra a las nueve y una tercera a las once. Horrorizado, imaginé los riesgos que arrostraba el cura al lanzarse a la carretera entre misa y misa en una noche tan comprometida, y habiendo ingerido, además, una generosa copa de vino en cada una de ellas. Mucho más complicado parecía hallar una combinación satisfactoria para solventar los oficios de Semana Santa. La anciana menea la cabeza, como si no le viera solución al asunto. Nos contaba todo esto en una de esas tardes demoradas de primavera en las que el sol, desde luego, no parece afectado por esas apreturas de tiempo y obligaciones a las que nos sometemos los seres humanos.


Tal vez por eso, nos cuenta esta otra amiga, el chiquillo encargado de leer los ruegos en la misa del sábado se trabucó en una de las frases, y en vez de pedir más vocaciones para curas, como tenía escrito en su papel, pidió más vacaciones para los ídem.


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En el pueblo grande de abajo no había un alma: todos habían subido a la carretera para presenciar un ruidoso rally de montaña entre los dos pueblos vecinos; competición que, por lo visto, tiene aquí mucha tradición -una de esas antiquísimas tradiciones, en fin, que se remontan al inicio de los ayuntamientos democráticos- y arrastra a multitudes. Nosotros, para esquivarlas, hicimos justo el recorrido contrario: habíamos descendido por la antigua calzada romana que comunica los dos pueblos, y ahora estábamos sentados en una terraza normalmente atestada, pero en la que hoy no había más que un matrimonio joven con niños y una melancólica tertulia de sobremesa temprana alrededor de muchos vasos vacíos. Lo malo fue el regreso, esta vez cuesta arriba, salvando en apenas tres kilómetros de sendero pedregoso un desnivel de seiscientos metros. Desde luego, era imposible regresar en taxi, porque la carretera estaba cortada por el rally. Nos dolía hasta el alma. Y algo nos decía que ese esfuerzo mayor de lo previsto era el precio que había que pagar por aquella mañana de silencio, por la paz de aquella plaza, por nuestra obstinación incluso.


Imagen: Landscape with clouds, de John Constable

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