martes, abril 12, 2011

PARÍS, ETC.

Olvidé consignar ayer el catálogo que este amigo nuestro hizo de la fauna que habita su huerta. Una serpiente a la que vio un día tragándose un enorme sapo; el lagarto, también de tamaño considerable, que, al parecer, habita al pie de la ventana y a veces trepa hasta ella por la hiedra, sin llegar a entrar en la casa; la familia de pájaros que  ha ocupado la casita de corcho que, a tales efectos, ha colgado de las ramas de un peral; e incluso los meloncillos cuyas huellas ha descubierto en determinados plantíos. Faltan los diversos gatos que a veces cruzan la alambrada, el burro que campa en la parcela vecina, y del que proceden los suculentos cagajones que alimentan los rosales, el ruiseñor que filarmoniza los atardeceres, los pacientes caracoles, las percas que ponen una nota viva en el fondo sombrío de la alberca, que han heredado de aquellas truchas de cuya infausta suerte di cuenta en una entrada anterior de este cuaderno... Mi amigo los humaniza en su modo de referirse a ellos: "esta gente -dice por el lagarto- no son de mucho moverse"; "ahí está el personaje" -por el ruiseñor, o por el gato-, etc. Entiendo que ese coro más o menos silencioso lo acompaña en las muchas horas que dedica a esta parcela pedregosa, mitad escombrera, a la que sólo con mucho esfuerzo va depurando de cascotes y convirtiendo en un vergel. Mi referente a estos efectos es K.: también ella me acompaña a veces en mis largas veladas frente al ordenador; y también la escritura se parece en ocasiones al empeño de quien va sacando guijarros de un pedregal, hasta dejarlo convertido en tierra mullida.


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Lacónicos mensajes de C. desde París: "Papá, he estado en los bouquinistes del Sena y me he acordado de ti". Y uno se alegra infinitamente de ser ese fantasma entrevisto entre unos lejanos puestos de libros viejos.


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Y hablando de París: en esta breve nota de enciclopedia sobre César Vallejo se destaca que "predijo su muerte" en el poema titulado "Piedra negra sobre piedra blanca": "Me moriré en París con aguacero / un día del que tengo ya el recuerdo...". Debe de ser uno de los pocos casos de poeta que ha sido capaz de ligar de esta manera un texto suyo a una circunstancia concreta de su biografía. Uno de los pocos beneficiarios, en fin, de esa ley del azar y de la estadística que quiere que los poetas sean, ante todo, sujetos o actores de estos hechos casuales: que Keats muriera después de leer una crítica adversa, o Rilke tras pincharse con una rosa. Vallejo, al menos, ha conseguido que la anécdota que le ha tocado en suerte vaya unida a la evocación concreta de unos versos suyos: Otros, ni eso: la anécdota chocante que los caracteriza ni siquiera obliga a leerlos.

2 comentarios:

Javier de Navascués dijo...

A lo mejor soy un aguafiestas, pero, por lo que he leído, me parece que el día en que murió Vallejo lucía un sol radiante. Fue el suyo un acierto a medias, como el de los echadores de cartas.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Más a mi favor: la casualidad a medias convertida en una anécdota filistea para malentender a un poeta y ahorrarse el trabajo de leerlo.