miércoles, mayo 18, 2011

15-M

Llama la atención el nerviosismo con el que los políticos españoles -y muy especialmente los de izquierda- han acogido las manifestaciones del pasado domingo. En la madrugada del martes la policía acabó contundentemente -es decir, a palos- con la "acampada" que unas pocas decenas de manifestantes llevaban a cabo en la Puerta del Sol... Lo que no deja de ser un tanto sorprendente, teniendo en cuenta la singular tolerancia de la que han gozado hasta ahora otras acciones similares llevadas a cabo en la capital, en la que desde hace años no ha habido semana en la que algún colectivo agraviado no organizara un encierro, una sentada, un campamento reivindicativo... 


No es que uno espere mucho de este tipo de protestas; más bien, no espero nada. Pero, insisto, me llaman la atención las reacciones de auténtico pavor que ha suscitado la del pasado domingo. Si las autoridades españolas tuvieran que bregar con una oleada de auténtica insurrección social, como la que conoció Grecia hace unos meses, o una rebelión abierta de los barrios periféricos de las grandes ciudades, como la que hubo en Francia en 2005, no sé qué harían, a la vista de la alarma suscitada por ésta. 


Mientras tanto, da un poco de pena oír a los portavoces políticos y a sus corifeos mediáticos: coinciden todos ellos en exigir a los descontentos que se organicen en una plataforma política y concurran a las elecciones. Pero eso es tanto como exigirles que se conviertan precisamente en aquello que rechazan. ¿Para denostar a la clase política es necesario convertirse en político? M.A., con su aplastante sentido común, me apostilla en el coche, mientras oímos las noticias por la radio: "Lo que quieren éstos no es ocupar el lugar de los políticos, sino que los políticos hagan su trabajo y cumplan sus compromisos". Puede ser. Entre éstos últimos, la siempre aplazada promesa de cambiar la injusta ley electoral y el sistema de listas cerradas, que convierte a los partidos y a sus aparatos internos en los verdaderos amos del cotarro. 


Lo que es innegable, de cualquiera de las maneras, es el descontento. Lo sienten esos jóvenes contestatarios, con sus muletillas ideológicas y su bendita simplicidad de planteamientos; y lo sentimos los adultos que estamos ya un poco de vuelta de esas cosas. Las discrepancias, naturalmente, empiezan en el momento en que intentamos establecer qué aspectos o cuestiones nos gustaría cambiar. Pero nadie puede exigirle a un simple ciudadano -menos, si éste tiene menos de veinte años- que tenga un modelo de estado y de sociedad en la cabeza. Lo que tenemos en la cabeza y en el corazón ahora es una especie de mal digerida sensación de que nuestros gobernantes nos toman el pelo constantemente, malgastan nuestro dinero, abusan de su poder y ostentan ante nuestras narices privilegios que no se merecen. Después de todo, se pueden dar por contentos si la única reacción que ha habido contra este estado de cosas es una simple e imberbe manifestación dominguera, seguida de una acampada... No creo que la cosa quede ahí, sinceramente. Es más: me decepcionaría mucho que la cosa quedara ahí.

5 comentarios:

Usoz dijo...

Lo que es increíble de la situación española (nacional y autonómica), es cómo los políticos ya dan por hecho que en razón de representarnos ya pueden cargar a los presupuestos (a nuestros impuestos) el coche de marca (más chófer), la clase preferente, las comidas en restaurantes de diseño prácticamente todos los días, los trajes y vestidos de marca… Eso no pasa tanto en otros países, al menos en los que yo conozco, Gran Bretaña y Alemania. No se debería permitir. Esos jóvenes tienen derecho a protestar.

Arrowni dijo...

La rebelión árabe llega a España.

Anónimo dijo...

Si queremos no acabar decepcionados lo mejor es unirse a "la causa". Y esta es una oportunidad inmejorable para que los intelectuales abandonen su oblomvismo y demuestren que pueden servir para algo mas que para abonar la tierra.

José Luis Piquero dijo...

A mí también me decepcionaría que esto se quedara en una acampada. Por una parte, no espero nada. Por otra, lo espero todo. La primera parte es seguramente la más realista.
Mientras tanto, me hago ilusiones, ¿por qué no? Hace mucho que la gente no se queja, no se manifiesta, no dice que está cansada. Al menos se han hecho oir.
Lo que hay que hacer, como dice el último anónimo (¿¿por qué anónimo, coño??), es unirse. Basta de asepsia y de escepticismo (que este último no es malo pero lo primero sí).
Un abrazo.

Juan Manuel González Lianes dijo...

Sinceramente, espero que esto sea el anuncio de una nueva manera de pensar. Me siento muy decepcionado por cómo hemos permitido que las cosas hayan llegado a esta situación, y ahora que por fin un puñado de personas se decide a protestar, sería una lástima que quedase en agua de borrajas. Yo, por mi parte, tengo intención de acercarme esta tarde a Barcelona y contribuir en algo a que el bulto en Plaza Cataluña sea mayor.