martes, mayo 24, 2011

ASERTIVO

Será que con los años me voy volviendo asertivo. Ahora, cuando me toca al lado en el autobús un compañero ruidoso -alguien, por ejemplo, que lleva al oído uno de esos molestos aparatejos que emiten música ratonera-, me levanto y me cambio de asiento; lo que, por lo que veo, no deja de resultar chocante a los aludidos: algunos me miran como si mi gesto soberano supusiera una especie de menosprecio hacia ellos. La chica de este mediodía, por ejemplo: primero me midió con la mirada, como perdonándome la vida por haberme sentado a su lado con el indisimulado propósito de disfrutar de la proximidad de una persona dotada de muy evidentes atractivos. Y luego, cuando salí corriendo hacia otro asiento, debió de preguntarse qué mosca me había picado. La de siempre, debí decirle. La que molesta, no tanto porque pique, sino porque zumba.


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Quién dice que votar no sirve de nada. En mi pueblo hemos cambiado limpiamente de alcalde. Y, para ello, hemos retirado clamorosamente la confianza, no ya a una fuerza política, sino a dos: la del antiguo titular y la que facilitó su investidura en su último mandato, a pesar de que la aritmética electoral del momento dictaba claramente la necesidad y oportunidad de un cambio. El electorado ha esperado pacientemente cuatro años y luego se ha desquitado. Claro que no sabemos de quién ha sido exactamente la victoria: si de los finalmente desagraviados o, por el contrario, de quien logró imponerles por cuatro años su mandato mediante un cambalache post-electoral. En todo caso, su relevo democrático me depara ahora una modesta satisfacción cívica. No serán muchas más las que consigne en este cuaderno. Que no ha de dejar de ser -me impongo aquí la obligación de recordármelo- un diario íntimo.


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Ahora son muchos los que leen a Stéphane Hessel. Yo estuve hojeando su prontuario y, la verdad, no me animé a comprarlo. Me pareció una versión postmoderna de los Principios de Politzer, de los que tanto hablo en mi última novela: demasiado simple, demasiado bonito para ser verdad. Cuando me prestaron ese último libro, por cierto, tuvo la clara percepción de que estaban perpetrando conmigo un abuso. Fue, como suele suceder en estos casos, un pariente mayor. No sé cuánto he tardado en reponerme. Lo único que tengo que agradecerle, con todo, es que ahora, cuando hablo de estalinismo, sé exactamente lo que quiero decir.

3 comentarios:

marinero dijo...

Una pequeña observación, en defensa de la costumbre juvenil de los "molestos aparatejos que emiten música ratonera". Leí hace ya tiempo que,con ocasión de loa atentados del 11-M en Madrid, muchos viajeros de los trenes habían resultado con mayor o menor afectación de oído, a causa de las explosiones. Pero eran sobre todo adultos; a muchos jóvenes, el "aparatejo" en cuestión les había protegido. Es tan rara la vida...

Anibal dijo...

Asertividad y ventosidades descontroladas son de las cosas mas irritantes que empieza uno a padecer con la vejez. ¡Que divertido era pelearse por los caminos a labio partido y con el esfinter recio! (o al revés)

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Pero ese efecto protector de los auriculares se daría igual si sus usuarios oyeran a Art Tatum o a Tchaikovski, digo yo.

En cuanto a la asertividad y las ventosidades... no había reparado en la posible relación. Tiene su miga.