martes, mayo 03, 2011

ASPHODELUS ALBUS

Me emplazan a ir a cortar gamones -Asphodelus albus- para la fiesta de esa noche, en la que encenderán una hoguera y se procederá al curioso rito de hacer estallar contra una piedra los extremos de esos juncos, previamente tostados hasta que la savia les hierve dentro y se vuelve materia explosiva. El tiempo amenaza lluvia, por lo que es bastante improbable que el rito llegue a celebrarse. Pero allá vamos mi amigo y yo, en el coche de éste, hasta un prado cercano donde abunda esa planta. Ha empezado a lloviznar y el campo está encharcado, por lo que la labor se revela penosa. No está uno tampoco acostumbrado a trabajar agachado. Pero la idea de ocuparme en un asunto tan alejado de mis quehaceres habituales resulta por sí sola estimulante. ¿En qué otra cosa mejor puede uno emplear una mañana festiva? 

Previamente nos habían citado en la plaza, donde unos cuantos vecinos procedían a decorar una "cruz de mayo". No parece que esta costumbre, aquí como en otras partes, obedezca a un sentimiento religioso profundo. El propio objeto de la fiesta -una cruz sin figura humana, decorada con flores-, recuerda más bien a esas cruces célticas cuyo origen, se dice, es anterior al propio cristianismo. Naturalmente, me abstengo de hacer ningún comentario al respecto. Eso sí: constato, con cierta aprensión, que las flores que decoran la pesada cruz de madera van engarzadas en una desagradable espuma sintética, que se desgaja al tacto, como si fuera materia descompuesta. Hubiera deseado uno un procedimiento más natural. Pero los tiempos son los tiempos; y el resultado, de todos modos, no desmerece el esfuerzo y el entusiasmo que derrochan los congregados: tras algún apuro, por momentánea escasez de flores, la cruz queda cubierta de claveles blancos y amarillos. Una vecina, al verme desocupado, me pide que la ayude a transportar macetas al lugar donde va a emplazarse la cruz: al minuto me veo cargando un macetón -una desbordada esparraguera- que hubiera sido aconsejable transportar al menos entre dos. 

Por la tarde, unos animosos músicos que se hacen llamar Mr Groovy and the Blue Heads dan un concierto en el teatrillo local. Debía haber sido en la plaza, pero de nuevo la amenaza de lluvia aconseja que la fiesta se celebre bajo techo. El sonido acanallado de la banda me absuelve en parte de la posible imputación de beatería en la que pudiera haber incurrido por la mañana: siente uno, mientras lleva el ritmo de estos blues con la mano, una cierta nostalgia de otra vida posible en la que uno hubiera sido músico ambulante, por ejemplo. Pero basta con mirar alrededor para comprender que ésta fantasía es la misma en la que ahora se recrea el medio centenar de cuarentones aquí congregados, mientras los niños de todos ellos corretean por los pasillos del teatro y los pocos espectadores genuinamente autóctonos -algunas ancianas, un campesino con gorra- contemplan el espectáculo sin saber muy bien qué pensar al respecto. 

Del concierto a la crujida de gamones. La hoguera ya está encendida, en intenso contraste con el fondo plomizo que ofrecen el cielo cubierto y las nubes varadas contra las montañas. Caen unas gotas, pero eso no parece desanimar a nadie. Me tomo un par de cervezas y me animo a probar suerte: pongo mi gamón al fuego y, cuando oigo hervir el extremo del junco, lo golpeo con todas mis fuerzas contra la piedra colocada al efecto. Mala suerte: mi gamón se quiebra sin estallar. Lo intento otras veces, infructuosamente. Un vecino me dice que otros foráneos lo consiguieron al cabo de... dos años. No sé si merecerá la pena esperar tanto. Pero el caso es que quienes dominan este singular arte parecen entusiasmados por las detonaciones que provocan al hacer estallar el junco. También la chiquillería, al principio atemorizada, va adquiriendo confianza y empieza a imitar abiertamente a los mayores. Alguien me aclara el sentido de todo esto: "Es una fiesta de niños; pero aquí los mayores se sienten más niños que los propios niños". Bueno. El caso es que, entre una cosa y otra, el día plomizo ha deparado una compleja y variada celebración de la primavera. De una primavera que lo pilla ya a uno con los riñones un poco rígidos y la vista cansada, deslumbrada quizá por la intensidad del fuego en contraste con la cerrada oscuridad del contorno. 

La lluvia vino más tarde y duró toda la noche.


Imagen: pintura de José Antonio Martel

2 comentarios:

E. Cabello, "Las Cumbres" de Ubrique dijo...

Es curioso, desde que te leo en facebook he perdido la costumbre de entrar en el blog directamente y me he acostumbrado a pinchar "me gusta".
Con esas dos nuevas costumbres he perdido dos buenas prácticas: el gusto de hacer comentarios cuando algo me parece especial y el placer de releer de vez en cuando las entradas anteriores, como ahora, que he vuelto a leer la de esta fiesta de mi pueblo, que me encantó y compartí.
Volveré al blog a partir de ahora, me he dado cuenta de que merece la pena. Saludos

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Tus comentarios son muy valiosos y siempre bienvenidos, E.