lunes, mayo 23, 2011

EMOCIONES PÚBLICAS Y PRIVADAS

Fin de semana extraño, cuya nota distintiva ha sido un singular cruce de emociones públicas y privadas. Pude percibirlo ya el viernes en los vestuarios de la piscina: en vez de la consabida conversación de fútbol, hubo una animada tertulia política entre hombres desnudos o sucintamente cubiertos por una toalla, como el filósofo Diógenes cuando departía con Alejandro Magno... Hablábamos de las acampadas y concentraciones de descontentos (o "indignados", como los llama la moda política del momento) que han tenido lugar en numerosas plazas españolas. Y estuvimos todos de acuerdo en considerar que hay motivos sobrados para la protesta. Aunque cada cual aportó sus matices, y hubo quien afirmó -fue el único que aportó una nota de temor- que todo iría bien "mientras no se metiera la ceneté...". Lo que quise entender de este modo: "Todo irá bien mientras las protestas no queden contaminadas por gentes, propuestas y actuaciones de la vieja política".  Otro, el más joven de los allí reunidos, se quejaba de que un directivo de banca gane dos millones de euros al año, lo que parece poco coherente con el hecho de que haya sido una crisis bancaria la que ha desencadenado la penuria general. Un tercero, que briega habitualmente con políticos, y que por tanto conoce bien el paño, musitaba con sonrisa de conejo: "Demasiado hemos tardado. Demasiado". 


Con ese estado de ánimo salí luego a la calle a tomar unas cervezas. Las terrazas estaban llenas: cerveza y caracoles, a dos cincuenta por barba; cuando, hace unos meses, quien más, quien menos, se gastaba veinte veces más en cualquier salida de fin de semana. Eso hemos ganado. Con la crisis nos hemos vuelto más morigerados, y también más proclives a la nostalgia, porque lo cierto era que la luz y el ambiente parecían retrotraernos a cuarenta años atrás, al país de los noviazgos de cerveza y gambas de nuestros padres. En ese ambiente, chocaba un poco cruzarse con los últimos coletazos de la campaña electoral: la "batucada" con que se hacían notar los seguidores de la candidatura ecologista; o la animada reunión de hombres en mangas de camisa -eso sí: camisas muy planchadas- en una barra montada al efecto por la candidatura derechista... 


Ya en casa, pasada la medianoche, vimos imágenes de las concentraciones callejeras que desafiaban el toque de queda preelectoral que debía de haber entrado en vigor a las doce en punto. Y, como no teníamos sueño y la curiosidad fue más fuerte que la inercia, cogimos el coche y nos fuimos a la capital, a ver qué pasaba. Era una situación extraña, ya digo: la última vez que salimos de casa a hora tan extemporánea, fue porque acababan de avisarnos de la muerte de un familiar. No pudimos evitar, por tanto, la sensación de estar dirigiéndonos a un velatorio. Al funeral de nuestras propias ilusiones infundadas, por así decirlo, posiblemente mezclado con los aires de fiesta desmadrada que adquiere el centro de la ciudad en las madrugadas de los fines de semana. 


Ni una cosa ni otra: lo que encontramos fue una ordenada concentración de unas trescientas personas -hubo más, nos dijeron, al filo de la media noche-, entre las que saludé a varios alumnos y ex-alumnos míos que parecieron muy contentos de ver a su profesor mezclado en estos berenjenales. Uno, muy orgulloso, me mostró el pasquín o dazibao que había escrito y pegado al muro habilitado al efecto. Otro se pavoneó un poco de ser "el encargado de los mensajes en Twitter" y me explicó ese inextricable mecanismo. Un tercero me hizo reparar en el hecho de que allí nadie bebía alcohol... La impresión que daban, desde luego, era la de estar entregados a algo muy serio. Nada podía objetárseles: tenían derecho a manifestar su descontento y lo hacían del modo más educado posible; lo que, teniendo en cuenta los tiempos que corren, no es poco. 


Permanecí con ellos unos cuarenta y cinco minutos. Y me hubiera quedado más, si no fuera por la impresión de que habíamos alcanzado ya la hora en la que las visitas han de retirarse para que los anfitriones duerman. Y estaban dispuestos a dormir allí, sobre una pila de cartones que habían recogido de los comercios próximos.


Todo esto me ha producido una extraña alegría. Que no se deja empañar por la sospecha, que también abrigo, de que un movimiento como éste puede ser muy fácil de manipular. Y también que, si se alarga demasiado, puede caer fácilmente en la inconsecuencia y la ñoñez. Ya el sábado la televisión se encargó de retransmitir imágenes en las que se veía a los manifestantes cantando rancias canciones protestatarias de hace cuarenta años y distrayéndose con juegos de parvulario, tales como pintarse la cara unos a otros o aplaudir a los saltimbanquis de turno, que nunca faltan.... Como me dice mi mujer, hay que darles tiempo. Los políticos, de momento, siguen nerviosos. Y eso es algo que nunca terminaremos de agradecerles a estos jóvenes. 

1 comentario:

Olga Bernad dijo...

Exactamente así vi yo las cosas por Zaragoza. La misma noche. Ya han pasado unos días. Seguiremos viendo.