jueves, mayo 12, 2011

NÁUFRAGOS



Decididamente, es en los días de viento de Levante cuando más detesta uno físicamente esta ciudad. La propia Feria del Libro, que debiera ser un lugar sosegado, anda revuelta: el viento juega incluso con la megafonía algo destemplada que acompaña los juegos infantiles que se desarrollan en el recinto, haciéndola aún más áspera y desabrida (¿quién dice que los niños necesitan todo este estruendo para estar contentos?). En el salón donde se desarrollan las presentaciones, la puerta parece querer salirse de su marco, y de cuando en cuando emite unos golpes secos y amenazantes, como si alguna criatura aciaga hubiera quedado fuera e insistiera en entrar. Somos todos -libreros, libros, escritores, público- un poco más insignificantes bajo esta ira desatada de los elementos. El propio guardia de seguridad se lo dice a M.A., cuando ésta abre su caseta: "O dejamos la puerta abierta de par en par o la cerramos del todo. Ahora, esto de tenerla entreabierta, y andar entrando y saliendo...". Pero ése es precisamente el caso. ¿Abrimos las puertas del todo, para que entre aire, aunque sea violento y desabrido? ¿La cerramos? Porque lo que está claro es que este quiero y no puedo, este mirar a los paseantes desde el quicio y dejarles abierta apenas una rendija... 

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El concejal terminó el acto anunciando que, "pese a la crisis", su departamento iba a ofrecer un "refresquito" al final de la presentación del libro que patrocinaba. Desde el público, una funcionaria le hizo una seña. "No, no hay refresquito", rectifica. "Si acaso, tomamos todos el fresquito ahí fuera".

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Quienes sí ofrecen un refrigerio son estos libreros-editores con los que uno publicó un libro de artículos hace unos años. Han invitado a todos los autores "de la casa". Y como el viento no da respiro, nos han metido a todos en el local normalmente habilitado para los juegos de los niños. A esa hora, afortunadamente, ya no hay niños. Pero no deja uno de sentir cierto reparo al ir dejando en esas mesas manchadas de tinta y colores a la cera las huellas de los sucesivos vasos de cerveza que vamos trasegando. Miro a los otros invitados. Salvo uno o dos, no conozco a nadie. La editorial anfitriona no publica sólo textos literarios, sino, sobre todo, libros que responden a los más variopintos intereses del público general: fútbol, gastronomía, historia local, etc. Yo no conozco a nadie, nadie me conoce a mí. Pero, al cabo de unos minutos, el efecto de las bebidas y el instinto gregario que nos ha llevado a reunirnos aquí, a salvo del viento, crea un cierto sentimiento de hermandad. Parecemos náufragos a los que una galerna hubiera arrojado a un inesperado abrigo. Y, dada la amplia variedad de intereses y conocimientos que representamos, casi se siente uno tentado a afirmar que nos bastaríamos para reconstruir en este islote la civilización de la que hemos sido arrojados... Pero no. Porque, si algo está claro, es más bien lo contrario: esa civilización podría continuar perfectamente sin todos nosotros. Y, a lo mejor, incluso mejorada, libre ya de los lastres (prejuicios, vanidades, pequeños intereses, mínimas sinecuras) que representamos. 

3 comentarios:

marinero dijo...

Sólo señalar que el acento, en el título, está mal puesto. (La entrada, excelente, como de costumbre).

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Ya está corregido. Gracias.

Frank Invernoz dijo...

Una buena reseña, con sentido crítico realista, para los que no pudimos estar allí.