lunes, mayo 16, 2011

PALÍNDROMOS

Para aprovechar el viaje, llego a la Feria del Libro con M.A., que tiene que estar allí unos minutos antes de la hora oficial de apertura. Y, para ocupar el tiempo hasta el comienzo del acto al que quiero asistir, me siento a leer en un banco estratégicamente situado a la sombra del alero de una de las casamatas o galerías que albergan los puestos de libros. El levante no se ha ido del todo, pero este día ha optado por manifestarse en forma de una brisa fresca, muy agradable. Estoy leyendo el libro de mi amigo Manuel Ruiz Torres. Y, de pronto, sin motivo aparente -hoy no hay animaciones para niños en el recinto, ni nada por el estilo-, la megafonía empieza a emitir una música feroz, que me hace abandonar a toda prisa mi hasta ahora agradable asiento y refugiarme en la casamata, tras un muro de un metro de espesor... Lo que me hace plantearme, de paso, si toda esta estrategia consistente en rodear la lectura de circunstancias ruidosas y aparentemente festivas es la acertada. Ese mismo día, más tarde, una amiga librera me dice que ha propuesto a la organización que habilite un trenecito que traiga a la gente desde las calles céntricas a este recinto un tanto apartado. Es de suponer que en ese trenecito de feria sonarán esas canciones machaconas que los niños corean, casi siempre acompañados por sus animosos padres. Díganles luego ustedes que la finalidad de todo esto es que se encierren en su casa, en silencio, y se pongan a leer.

***

Quien sí es un hombre callado es este amigo escritor, que ha venido a presentar su novela. Y como el presentador es periodista, el acto tendrá formato de entrevista pública: el presentador pregunta y el novelista se extiende a discreción sobre las cuestiones planteadas. Tiene uno sus prevenciones respecto a estos formatos aparentemente informales y espontáneos. Lo más probable es que acaben resultando terriblemente impostados y artificiales. Pero el caso es que el entrevistado sale más o menos airosa de las primeras preguntas, muy convencionales: qué piensa de la llegada y previsible auge del e-book, y para cuándo habrá ferias del libro... electrónico. Y, a partir de ahí, se las arregla para hacer una muy convincente exposición de los motivos por los que a un escritor nacido a principios de los sesenta, como es su caso -y el mío- le concierne la época que abarca el final del franquismo y la llamada Transición, por coincidir estos hechos históricos con el periodo vital de su maduración como persona adulta... A continuación, como temeroso de haber estado demasiado sesudo, agarra por las hojas el rábano de las preguntas más o menos convencionales que le va lanzando el periodista y se embarca en una divertidísima digresión sobre algunos de los aspectos más cómicos de su novela: por ejemplo, la mención que en ella se hace de una asociación de palindromistas, calcada de una que existe en la realidad, con la que el autor tuvo contacto a raíz de un artículo que escribió sobre los palíndromos -es decir, sobre las frases o palabras que pueden leerse igual en sentido normal o en el inverso-. De los palíndromos que dijo haber inventado, anoto aquí el que hizo con su propio apellido: No si paga Pisón. Lo que, con sus posibilidades de broma, me abre toda una perspectiva nueva sobre este hombre tímido y circunspecto al que he ido aprendiendo a apreciar a lo largo de los espaciados encuentros que hemos ido teniendo en los últimos años. Desde luego, leeré con ganas su novela. 

***

La conversación que estábamos teniendo en ese bar no tenía nada de especial: bromas, ocurrencias más o menos divertidas, chascarrillos sin importancia. Pero el camarero acertó a aparecer justo cuando uno de los interlocutores decía: "No, a ése no lo hemos matado nosotros" -la frase, por supuesto, no aludía a ningún crimen cometido por los allí presentes-, y luego cuando el mismo sentenciaba algo sobre el papel que las putas hayan podido tener en la generalización del uso de los perfumes... No recuerdo qué otra inconveniencia estaba yo diciendo cuando el camarero hizo su tercera aparición: Desde luego, en su rostro se pintaba la más absoluta desaprobación hacia nuestro grupo. Me pregunto qué contaría luego, a sus compañeros o en su casa, respecto a los últimos clientes de esa noche. A todo esto, mi amigo es un hombre corpulento y cetrino y vestía una llamativa guayabera blanca. Yo lo contrataría, desde luego, para un papel de gánster colombiano, en una película de bajo presupuesto. Me imagino que eso también contribuyó a la imagen que dimos. 

1 comentario:

palindromador dijo...

82.228 Palíndromos Españoles recopilados por Víctor Carbajo en http://www.carbajo.net/varios/pal.html