jueves, mayo 26, 2011

POR CONTRASTE



Bochorno y nublado, y borrosos paseantes por la orilla, algunos (pocos) en bañador, otros envueltos en esas prendas holgadas que usan los viejos y el viento hincha como velas. Todo como en un fotograma de Muerte en Venecia. De la parte en que sopla el siroco y el protagonista enferma de una mortal melancolía.


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Al lado de las de este compañero mío, mis reservas respecto a las grandes cuestiones en candelero son levísimas, y lo poco que saco en claro y me atrevo a afirmar, en comparación con lo mucho que él matiza o pone en duda, cobra la apariencia de un desmesurado programa radical. Es lo que tiene juntarse con viejos -lo digo con todo respeto-: uno, que ya no es joven, casi lo parece. Por contraste, ay.


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El gato del vecino es tan flaco que sus patas pasan por el espacio que queda entre el portón y el suelo. Las saca por ahí, anhelante -dos apéndices negros, nerviosos, que más parecen tentáculos que patas de animal vertebrado-, cada vez que oye a alguien en el vestíbulo. También K. anda alterada por la presencia del gato vecino: ha recuperado su viejo instinto, que ya creíamos superado, de escaparse a la escalera. Su caso es el contrario al mío: a ella es la juventud la que viene a tentarla. 

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