lunes, mayo 09, 2011

TOCO MADERA


Me siento ante la mesa en la que el librero ha dispuesto una amplia representación de lo escrito y publicado por mí: una vida entera dedicada a esto; lo que, a la luz de los resultados obtenidos (esta montaña de papel), parece un sacrificio un tanto desmesurado. Pasa ante la mesa el río de gente que ha empujado hasta aquí la tarde finalmente clemente; y uno, en este trance de exponer a la vista de todos aquello a lo que ha dedicado sus últimos treinta años, casi lamenta no tener algo mejor que ofrecer..., no sé, una de esas gruesas novelas que las adolescentes leen en los autobuses, o unos versos cuya excelencia viniera certificada, como quería Agustín de Foxá, por su capacidad de hacer llorar a las mecanógrafas... Miro todos estos libros míos aquí reunidos y pienso que, en su educada reserva, resultan un poco egoístas, y que por eso mismo les cuesta tanto recabar la atención de las decenas de potenciales lectores que pasan ante ellos y apenas les dedican una rápida mirada, seguida de otra de soslayo al hombre de mirada huidiza sentado junto a ellos. 

Sin embargo, pasado ese medio minuto de desconcierto, algunos empiezan a pararse. Conocidos casi; pero esto, más que ser un alegato contra la incapacidad de estos pobres libros míos para ganarse nuevos lectores, certifica más bien la fidelidad, parece que inquebrantable, de los que ya tengo. Muchos no esperaban encontrarme aquí: "Hombre, José Manuel, qué sorpresa...". La sorpresa es mía al comprobar que, a pesar de que muchos me conocieron y trataron en épocas remotas de mi vida, cuando mi empeño en escribir no parecía ser más que una chaladura pasajera, me leen de antiguo e incluso se interesan por facetas concretas de mi trabajo. Hay, por ejemplo, quien aprovecha la ocasión para llevarse alguno de mis ya lejanos libros de cine; hay quien oyó hablar de mi ya casi olvidada segunda novela -qué raro se me hace dedicar algo tan remoto-, hay quien me dice -y es un elogio, qué duda cabe- que detesta la poesía, en general, pero que, aun así, le gustan mis libros de poemas... Uno se echa todo esto al coleto con cierta prevención. Estamos, qué duda cabe, ante un hermoso ejercicio de cordialidad de ciudad pequeña. Otro gallo le cantaría a uno en cualquier otra ciudad. Sin embargo, tampoco puedo ignorar que estas cordiales manifestaciones de amistad se apoyan en el hecho incontrovertible de que, además de tratarme y soportarme, que no es poco, todos estos conocidos han tenido la paciencia de leerme... Me pregunto qué correlación verán entre el convecino que trabaja con ellos y compra el pescado en la misma plaza de abastos, por ejemplo, y el que se refleja en los libros. Uno escribe, si acaso, para cultivar esa dualidad. Sólo que, ahora que mis actuales pesquisas me llevan a terrenos delicados, a experiencias compartidas con algunos de ellos, me asalta la duda sobre si llegarán a sentirse ofendidos por cómo van quedando reflejados en lo que escribo. De Vida nueva, en concreto, me esperaba algún disgustillo. No ha habido tal. Toco madera. 


Imagen: Bibliotecaria, de Manuel Morgado.

3 comentarios:

RM dijo...

El peor trago de esto de escribir, sin duda: estar ahí sentado esperando que alguien pique, y uno siente como si estuviera exhibiendo sus vergüenzas y quisiera estar en otro sitio, pasando la tarde escribiendo, o leyendo, o tomando un helado... Miedo me doy el sábado. ¿Epatará mucho si me llevo el kindle y voy leyendo a otro mientras tanto?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No sé: uno duda en esos casos entre mirar a todo el que pasa o hacerse el indiferente. Pero, ¿y si te ven demasiado ocupado y no se atreven a molestarte?

marinero dijo...

Un mínimo detalle: la afirmación de que "la buena poesía es la que hace llorar a las mecanógrafas", al menos según Andrés Trapiello, de quien tomo la cita ("Clásicos de traje gris", Valdemar 1997, pág. 214), es de Sánchez Mazas, no de Foxá.