lunes, junio 13, 2011

APETENCIA DE SOL



La casa, que llevaba tres semanas cerrada, estaba fría, y también sentía uno anímicamente una cierta apetencia de sol, así que, después de desayunar, cogí el libro que estaba leyendo y me fui a un recoleto parque infantil que hay al final de la calle, casi siempre desierto, y al que el relativo abandono ha hecho aún menos apetecible para su presunta clientela. Cruzo entre los columpios enmohecidos y las hierbas recrecidas y me acomodo en un banco de piedra, tras cuyo respaldo, que hace de muro de contención, se extiende un prado que en cuestión de semanas será un secarral, pero que ahora, en la plenitud de la estación, se adorna de amapolas, campanillas, lavandas, margaritas, espinos florecidos y doradas espigas de trigo silvestre. Pero, ay, he tardado demasiado, y la mañana está ya tan avanzada que, aunque voy provisto de un sombrero de paja, en cuestión de minutos me arde la piel y me veo obligado a buscar la sombra. En eso se ha quedado el capricho: iba en busca de sol y, sin haber saciado esa apetencia, casi salgo achicharrado. 


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Por la noche, en casa del amigo, bárbara cena cuyo plato principal es una fuente de vísceras de cabrito (riñones, hígado, corazón) estofadas en tomate. Se da la circunstancia de que el despiece del animal tuvo lugar en la misma casa, en el doble sótano que hace de taller o estudio, en el que ha quedado -y han pasado ya un par de días- un indeleble tufo a bestia. Empiezo a comer con cierto reparo, pero resulta que el guiso está bueno y entra bien con unos sorbos de vino. Alguien señala la incompatibilidad del condumio con mis presuntas querencias anglófilas (la anglofilia, no sé por qué, presupone cierto refinamiento); pero yo saco a colación el steak and kidney pie, o pastel de carne y riñones, de la cocina británica, y el desayuno a base de "órganos interiores de bestias y aves" de Leopold Bloom en el Ulises... Claro que, en ese último ejemplo, el aludido es irlandés, y no británico. 


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A la tarde siguiente, cierta alarma en el pueblo ante la presencia de unos "rumanos", nunca antes vistos aquí, que seguramente han hecho escala en la población de camino a alguna feria vecina. Oigo el comentario en el supermercado; y luego, al pasar por una urbanización, veo que unos turistas extreman las precauciones a la hora de dejar bien cerrada la casa. Poco antes nos habíamos cruzado con la causante de la alarma: una mujer de poco más de veinte años, que mascullaba una penosa salmodia ininteligible en la calle principal del pueblo, con la mano extendida... Continuamos con nuestro paseo y, a la salida de la población, en una alameda con vistas al hondo valle, vemos un coche parado y un hombre moreno que interpela en esa misma parla a un niño de cuatro o cinco años que trisca en el suelo. Saludamos, como suele hacerse aquí cuando te cruzas con alguien, aunque no lo conozcas. Pero el hombre no nos devuelve nuestro saludo. Se le ve aburrido e impaciente. Cuando no riñe al niño se asoma a la balaustrada y contempla el valle cruzado por la carretera que lo ha traído hasta aquí, y que volverá a llevárselo en cuanto su compañera vuelva y le diga que en este pueblo de cuatro gatos no hay apenas negocio para lo suyo.


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Termino, el domingo por la mañana, la segunda entrega (Años de exilio) de la admirable biografía de Cernuda que ha hecho Antonio Rivero Taravillo. Y me asombra que las páginas finales, dedicadas a la muerte del poeta, me dejen un nudo en la garganta. ¿Qué clase de emoción se puede sentir ante el relato de una muerte ocurrida hace cuarenta y ocho años; siendo ésta, además, de un personaje histórico al que uno siempre ha visto envuelto en un cierto halo de distancia y extrañeza, a pesar de que mis últimas lecturas de su obra se inclinan a buscar en él al poeta sevillano que pudo ser, al amigo de los que integraron el grupo Mediodía, y autor de no pocos poemas en versos de arte menor que recuerdan algo la estética delicada, casi floral, de sus paisanos? Pero una cosa es considerar una muerte en términos históricos y otra muy distinta asomarse a sus exactos pormenores: el cuerpo tendido en el cuarto "casi monacal" que el poeta habitaba en la casa de su amiga Concha Méndez en México D.F., la soledad de esa vida, el despojamiento de sí mismo que este hombre alcanzó en un largo exilio en el que apenas tuvo ocasión de acumular bienes materiales. Y, también, la brusca manera que la muerte tiene de poner fin a la extensa lista de desacuerdos y agravios que uno puede llegar a mantener respecto a sus semejantes. No fueron demasiados, de todos modos, los que quedaron irresueltos a la muerte del poeta: ni siquiera dejó textos inéditos que dieran alguna brega a los filólogos del futuro. Lo que hace que esa muerte parezca más tajante aún.

1 comentario:

Anibal dijo...

La espantosa falta de gusto gastronómico de las potencias anglosajonas no es un tema baladí, sobre todo cuando encima se les deja imponer sus repugnantes criterios en temas tan fundamentales. Creo muy sinceramente que esta puesta en prestigio de tamaña ignorancia es una probable causa del Holocausto y segura causa del próximo Apocalipsis.