jueves, junio 23, 2011

DITIRAMBO

"Mi ditirambo brasileño es ditirambo / que aprobaría tu marido. Arcades ambo.", reza el pareado final de la segunda tirada de la "Epístola a Madame Lugones", de Darío, un poema que releo con frecuencia en mis siestas en la casa paterna, donde tengo una pequeña biblioteca residual formada básicamente por ediciones de Austral y otras colecciones populares de libros de Rubén Darío, Gerardo Diego y Rafael Alberti... Lo que, creo yo, aclara que mis recreos en esos intervalos familiares con básicamente métricos. No hace falta decir que los dos versos citados son alejandrinos, y que su gracia reside en la agilidad que ganan al saltarse el poeta la cesura y hacer recaer el acento final de cada primer hemistiquio en sílabas normalmente átonas, pero que, en la modulación del verso, ven notablemente reforzado el acento secundario que sobre ellas recae: "brasileño", "tu marido"... La métrica, a veces, no se basa tanto en el número de sílabas que se pueden contar, como en el que el patrón rítmico del poema nos obliga a considerar. Lo mismo puede decirse de los acentos. Y es algo que a veces choca con las concepciones elementales que el lector ingenuo pueda hacerse al respecto. Me acuerdo, llegados a este punto, de los apuros de C. para resolver los ejercicios de cómputo silábico que le ponían en el colegio. "Papá, ningún verso de este poema -me decía, enseñándome un soneto- mide igual: diez, once, doce...". Solventados los errores flagrantes, quedaban aquellos casos en que la longitud del verso dependía de la lectura que aconsejara el propio patrón rítmico del poema. "Es que luego la maestra me dice...". Y ya uno se callaba, porque uno es partidario de respetar las jerarquías allá donde existan. 


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Es curioso: en los treinta años que llevo dedicado a estas cuestiones, sólo recuerdo haber mantenido tres conversaciones o discusiones sobre asuntos de métrica: una, la ya referida con mi hija, en la que creo que logré hacerle entender que estábamos más ante una cuestión musical, de expectativas inducidas, que ante una mera cuestión aritmética; la otra, una que mantuve con mi amiga Inmaculada Moreno a propósito de algunos versos de mi libro Los extraños, en los que yo jugaba a escamotear uno de los dos acentos obligatorios (en cuarta y octava sílabas) del endecasílabo sáfico, confiado -sigo estándolo- en que la expectativa rítmica creada por el conjunto del poema restablecía esos acentos donde no los había. Y, por último, la inesperada disertación sobre la importancia de la métrica que le endilgué a mi amigo I. un día en que me lo encontré en el autobús hojeando una antología de Cernuda, y me confesó algo que he oído muchas veces, y que creo que quienes amamos la poesía estamos obligados a contestar siempre: que a él no es que le disgustara la poesía, pero... Y ese "pero"  apuntaba a la carencia de todo ese conjunto de hábitos y expectativas que el lector asiduo de poesía tiene adquiridos, y cuyo cumplimiento, constatación o franca contravención en cada uno de los poemas concretos que lee le arranca una nota de placer.  


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La utilidad de todo esto, desde luego, es otra. Pero conviene conocer el medio.

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