viernes, junio 17, 2011

EL VIENTO



A lo largo de toda la mañana, sirenas en la calle, en dirección a la salida de la ciudad. A la tercera o cuarta que oímos, empieza a cundir la alarma: algo pasa. Luego nos enteramos de que ha ardido un local en una calle adyacente al Paseo Marítimo, y enseguida alguien localiza en Internet las fotografías del incendio, la columna de humo negro alzándose sobre la ciudad, la parafernalia policial...


Pero lo más curioso me sucede apenas un par de horas más tarde. Estoy en una oficina de seguros, haciendo un trámite referente a mi coche, y veo que llega a la mesa de al lado una mujer muy sofocada que dice, casi sin aliento, que ha venido a hacer "un seguro contra todo riesgo" para su casa, que está en la calle del incendio, justo enfrente del local que acaba de arder. Y me acuerdo de cierta película española sobre dos hermanos, uno honrado y el otro sinvergüenza: el primero vendía pólizas de seguros a domicilio; y el otro, para animar a la clientela, los días previos se dedicaba a robar a los vecinos de la zona que su hermano se proponía visitar. 


Me da por mirar al amable chico que aprovecha la coyuntura para hablarme de las ventajas de cierto plan de pensiones, y pienso: No, no puede ser... 


***


Después de perder un rato redactando una larga nota sobre los últimos acontecimientos políticos, en la que trato de aclararme sobre los mismos, termino borrándola. Por una sola razón: porque, una vez escrita, veo que no tiene nada que ver con otras cosas que he puesto en este diario; y que esa extrañeza no hará sino acentuarse con el tiempo; y puede que basten unas semanas o meses para que, al releer este cuaderno, lamente haber dado cabida en él a algo que no evoca en mí el recuerdo de nada que realmente me importe. Me importa lo que pasa, y mucho. Pero reconozco que el lenguaje con el que abordarlo me resulta ajeno, y no consigo usarlo sin tener una incómoda sensación de impostura. 


De ahí mi simpatía instintiva hacia las recientes protestas ciudadanas: mejor hablar en las plazas, en fin, donde casi todo lo que se dice se lo lleva el viento, y sólo queda el gesto de haberlo dicho, que no es poco.


***


Algo más sobre Grease: en ninguna otra película, que yo recuerde, pasan tantas cosas en segundo plano. Hágase la prueba: mientras los protagonistas charlan o cantan, diríjase la vista a los comparsas; y no sólo a los inmediatos, sino a los que ocupan el fondo del plano: andan a lo suyo, como si la cámara no estuviera ahí, y como si de verdad hubieran recuperado -ellos, algo talluditos ya para los papeles que representan- ese espíritu de patosa inconsecuencia que dicta las acciones de los adolescentes. Me digo que por eso no me aburro viendo esta película todos los años, y que por eso me parece tan natural verla entre gente de la misma edad que los personajes que ocupan la pantalla.  

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