lunes, junio 06, 2011

PRÓRROGAS



Cena de despedida para los alumnos que terminan sus estudios. Alguien, desde la mesa de los mayores, plantea la consabida cuestión de si se cambiaría uno por alguno de esos jóvenes que ahora lucen ante los viejos su realzada lozanía, su vitalidad, sus planes todavía no devaluados o contradichos por la realidad. Y la respuesta es, decididamente, no. A lo más, aceptaría uno una prórroga indefinida de su actual estado -a pesar de la presbicia, las canas, la evidente disminución del vigor físico-; o, a lo sumo, un breve retroceso de no más de diez años, por ejemplo -siempre que uno pudiera conservar algunas cosas valiosas aprendidas o constatadas en esos últimos diez años-. Pero volver sin más a la adolescencia, o al final de ella, eso nunca. Demasiadas inseguridades, demasiados interrogantes por resolver, demasiada dependencia de una afectividad desbordada o mal dirigida... Uno empezó a constatar la progresiva superación de ese estado carencial permanente a partir de, pongamos, los veinticuatro o veinticinco años, coincidiendo con el estreno del empleo y la definitiva emancipación de la tutela familiar. Justo lo que los jóvenes de hoy aplazan sine die, ya sea por voluntad propia o forzados por las circunstancias. No, no quisiera uno volver a ese punto de partida. Ni loco.

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(En comisaría) Otra utilidad de la literatura para quienes la practicamos: a su cuenta pueden cargarse no pocos malos ratos del diario vivir, en la seguridad de que, debidamente adornados, serán origen de tramas o episodios de futuras historias que alguna vez distraerán los ocios de uno.

O, lo que es lo mismo: una cierta predisposición novelera -y la equivalente capacidad de desviar la atención de lo principal para dirigirla a los detalles pintorescos o accesorios- ayuda mucho a sobrellevar esos malos ratos.

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"Te sigo por el Diario", me dice esta conocida a la que hacía meses que no veía; y que, por lo que veo, tampoco se ha percatado de que hace lo menos un trimestre que no escribo en ese medio. Se lo digo y veo que la he pillado en falta. "Ya, ya, es que...". Y es como cuando estamos hablando de alguien como si lo hubiésemos visto ayer y de pronto nos interrumpen para decirnos que murió hace un año.


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Pergeñada, por fin, la conferencia del martes: una divagación en torno a algunos pintores que me han interesado, desde Ramón Gaya, en su doble vertiente de escritor y pintor, hasta algunos artistas locales de cuya amistad me precio, y de cuyo ejemplo saco conclusiones útiles para mi propio trabajo. No sé si eso interesará a los alumnos de ese curso de doctorado. Pero qué otra cosa puede ofrecerles uno, sin remontarme a esas alturas del Olimpo artístico (no sé: Rembrandt, Velázquez...) con las que otros parecen estar en comunicación permanente. 

3 comentarios:

arati dijo...

Coincido, por supuesto, en ese no-deseo de regresar a ala adolescencia. Bufff, que fatiga.

Te sigo, en el blog ;-)

Anibal dijo...

Vaya adolescencia mas triste pasaron ustedes. Yo me lo pasé del copón. Ya me gustaría regresar a aquel físico mio mas bello y portentoso aún que el que hoy disfruto. Evidentemente la mentalidad se me quedo atascada en aquella época. También la disfruto.

Arrowni dijo...

Envejecemos y progresivamente hallamos una libertad que acaso siempre tuvimos. Hay algo de bello y de amargo en ello.