martes, junio 21, 2011

MATICES

Pues sí, estuvo uno en la manifestación local del 19 de junio. La tercera o cuarta, creo, en la que he participado en mi vida. No es uno demasiado partidario de las marchas multitudinarias. ¿Que hacía, entonces, un individualista convencido en esa manifestación? Muy sencillo: atenerse al argumento básico de la misma, que era expresar el descontento ciudadano. Uno también está descontento con muchas cosas; y, aunque no confía en que la solución dependa de una exhibición general de buenos sentimientos -y eso fue, básicamente, la manifestación-, sí cree que las protestas masivas de ciudadanos en la calle deberían hacer reflexionar a los políticos sobre las carencias del régimen representativo, y obligarlos a emprender las necesarias reformas: ley electoral, limitación del número de mandatos, eliminación de los privilegios de la clase política, supresión del Senado, etc. Lleva uno años haciendo carambolas con su sufragio para que éste no sea un simple voto en blanco a favor del triunfador de turno, sino que añada un matiz a la hasta ahora poco menos que invariable alternancia de dos partidos en el poder. Esas "matizaciones", multiplicadas por muchos miles, han supuesto la aparición de nuevas fuerzas políticas (Ciudadanos de Cataluña, UPyD), y han forzado pequeños o grandes vuelcos en determinadas circunscripciones (piensa uno, por ejemplo, en la mayoría no nacionalista que ahora gobierna el País Vasco, o en la clamorosa abstención con que se "aprobó" el estatuto catalán; pero también, a escala más modesta, en los castigos inflingidos a los alcaldes que debían su puesto, no a la encomienda directa de los votantes, sino a un complicado trabajo de bambalinas). Lo decepcionante es que estos indicios de que el electorado podría estar demandando otras políticas quedan ahogados por el peso de las cifras brutas y la interesada rutina de los medios de comunicación; y siguen siendo los partidos mayoritarios, ciegos y sordos a cualquier mensaje que ponga en entredicho su actual hegemonía, los que dictan la agenda política, imposibilitando la expresión de ideas o tendencias que pueden ser minoritarias, sí, pero no por ello merecen la condena al absoluto ostracismo... No sé si me explico. Reconozco que ni este lenguaje ni estas cuestiones son lo mío.

Así que por estas razones, y algunas otras más (la preocupación, por ejemplo, por el futuro de las generaciones que vienen detrás; o la constatación de un deterioro claro en mi bienestar y el de los míos, por efecto de la crisis), acudió uno a esa manifestación. Es complicado, de todos modos, intentar conjugar los sentires propios con los de un grupo heterogéneo. Pero, por lo mismo, la heterogeneidad del grupo parecía ser la mejor garantía de que allí tenía cabida todo el mundo; y, al lado de los sempiternos rapados, rastafaris, tamborileros y saltimbanquis que componen la fauna protestataria habitual, había dignísimas amas de casa, jubilados y gente sencilla que no creía necesario ir disfrazados para participar en un acto de esta clase. Imagina uno que los idearios allí presentes serían tan variados como las apariencias; y, al lado de los viejos eslóganes biempensantes de toda la vida, captaba uno, aquí y allá, conversaciones que daban a entender que quienes las mantenían estaban allí por motivos más concretos y terrenales. Como en una ciudad pequeña nos conocemos todos, era fácil hacer cálculos sobre el grado de coincidencia que uno podía tener con unos y otros. Había, cómo no, izquierdistas correosos, a quienes no imagino muy entusiasmados por un simple programa de regeneración democrática. Y había, también, gentes que uno hubiera conceptuado en otro tiempo o circunstancia como conservadoras, pero que han tenido el reflejo de escucharse a sí mismas y reconocerse como ciudadanos injustamente maltratados por el poder.

Llegado el inevitable momento de los discursos, las ilusiones que cada cual hubiera podido hacerse al respecto perdieron muchos quilates. Pero, como me decía mi mujer, cada uno es muy libre de decir lo que quiera, y lo importante es que lo diga. La primera media hora de asamblea estuvo copada por unos que pretendian ocupar (u okupar) un viejo edificio público en desuso que hay en la ciudad. No veía uno, en fin, que fuera éste el momento adecuado para tratar un problema vecinal. Discretamente hicimos mutis por el foro. No del todo insatisfechos, la verdad: por simples, biempensantes o bobas que puedan ser algunas o muchas de las propuestas concretas que emanen de este movimiento, su pertinencia general es innegable. Como lo es este extraño sentimiento de curiosidad que me anima a seguirlo.

2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Frente a esos izquierdistas corroídos y conservadores mal conservados debiste sentirte rejuvenecido. La ocupación de uno de esos edificios emblemáticos podría darte al menos para un relato.
saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

O para unas memorias, ya que en ese edificio he trabajado varios años. Saludos.