martes, junio 07, 2011

RELECTURA

Relectura de Cernuda, de la mano de la biografía que le ha hecho Antonio Rivero. No me decepciona, desde luego. Desde el deslumbramiento inicial, a mis veinte años, hasta hoy, cada relectura de este poeta me ha deparado nuevos matices, nuevos vislumbres de una obra que, sin ser la de uno de esos brillantes poetas-transformistas que tanto abundaron en su generación, es bastante más rica y variada de lo que parece. La abordo ahora por la que me ha parecido siempre su etapa mejor, la que abarca los poemas escritos durante su estancia en Inglaterra, hasta poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial. Si Darío incorporó a la poesía española la sonoridad de la francesa de la segunda mitad del siglo diecinueve, y Garcilaso la de la gran poesía italiana de los siglos XIV y XV, a Cernuda corresponde el honor de haber traído a la poesía española las inflexiones de la poesía meditativa inglesa, en una gama que abarca el Romanticismo, por supuesto, pero también un perceptible eco de la poesía metafísica de la época barroca. Si hoy sentimos esa tradición como propia, es gracias a él. Y qué grandes, qué sobrios y precisos son los poemas que escribió bajo el influjo de esa música: los que incluyó en Las nubes y Como quien espera el alba, los dos poemarios suyos que prefiero, con diferencia, sobre todos los anteriores, y a los que los posteriores no aportan grandes novedades. 


Sin embargo, como me ha pasado siempre con Cernuda, también esta vez siento, al releerlo, la ligera pero insoslayable incomodidad que me producen sus rarezas métricas y sintácticas, que yo no consideraría, como hacen tantos críticos benévolos, controladas y voluntarias rupturas del ritmo, sino torpezas propias de un poeta de registro muy limitado. Con esas limitaciones, no obstante, Cernuda acierta a formular verdades o a explorar honduras del sentimiento que ningún otro poeta-orfebre de su generación -hubo muchos- logró siquiera atisbar. Esa fue su grandeza. A quienes, como hago yo ahora, le reprocharon sus rarezas de dicción los despachó con pocas y tajantes palabras, o les guardó la ofensa... Tenía razón. Un poeta verdadero casi nunca elige los recursos de que dispone; su grandeza está en lograr expresar un mundo propio a partir del registro que su formación, su capacidad o el mero azar han puesto a su alcance. Y eso, qué duda cabe, lo logró Cernuda con creces.

6 comentarios:

Anibal dijo...

Me llama la atención los calificativos de "sobrios y precisos" para alabar a unos poemas, nunca se me hubiera ocurrido emplearlos con tal fin. Leyendo por encima algunas escrituras suyas comprendo que la sobriedad y la precisión le preocupan y le identifico con otros escritores mas "cecineros" preocupados también por estas virtudes tan de registradores de la propiedad. Seguiré ahondando en su, a pesar de todo, mas refrescante obra. Disculpe la modesta opinión de este modesto científico de pueblo.

Anibal dijo...

Por cierto, Cernuda tenia una cabeza despropocionadamente grande, el pobre.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sobriedad y precisión no son incompatibles con otros requisitos de la buena poesía. Y recuérdese que Stendhal consideraba que su modelo de estilo era el Código Civil.

marinero dijo...

La primera virtud de un poeta que de veras lo sea es el decir exactamente, o lo más exactamente posible, lo que pretende decir: precisión, por tanto. Y no decir nada que no pretenda decir: sobriedad. Como señalaba JRJ a unos jóvenes que, a su exigencia de buscar siempre la palabra exacta, le contestaron: "pero es que nosotros no queremos encontrar la palabra exacta, sino la aproximada". "Ah, es que ésa también hay que encontrarla. Y exacta". Un poema que no nos dé la impresión de que lo que allí se dice sólo podría haberse dicho exactamente así, está denunciando con ello su insuficiencia.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Nunca leí con gusto a Cernuda. Lo vi como el poeta impuesto por los lectores amantes de la buena poesía, el que se comenta con amigos. Yo he leído a Cernuda, yo he leído a Cernuda... Yo lo he leído, sí, y salvo versos sueltos (algunos deslumbrantes) nunca me llenó como poeta.
Hoy estoy por llevar la contraria a casi todo el mundo.

Anibal dijo...

El que Stendhal considerara como mocelo de estilo el Codigo Civil es una maravillosa demostración de falta de sobriedad.
Lo que si que no haré es discutir sobre los "requisitos de la buena poesia" ni sobre las virtudes que ha de tener "un poeta que de veras lo sea", me faltan requisitos y virtudes para hacerlo.