viernes, junio 10, 2011

UN LAPSUS



En el autobús, mientras voy rumiando mis cosas, caigo en la cuenta de que, en mi charla universitaria del otro día, nombré a Manet cuando quería nombrar a Cézanne. Y veo con toda claridad el origen del lapsus, que se remonta a mi adolescencia, cuando llegaron a mis manos sendos libros de reproducciones de uno y otro, editados por la meritoria casa Sarpe. Manet me decepcionó un poco: no veía que en su pintura ofreciera una diferencia clara respecto a la amanerada pintura decimonónica en general; si acaso, lo avalaba su descaro: el que desprende, por ejemplo, su magnífica Olympia, a la que yo eché no pocas miradas que tenían más que ver con ciertas típicas avideces adolescentes que con un genuino interés por la pintura. El aprecio por Manet vino luego, cuando empecé a entender su honrado intento de emular a los grandes maestros (a Velázquez, sobre todo) sin cargar con el peso de una tradición estancada. 


Y con ese libro, ya digo, yformando parte de la misma oferta promocional (uno no podía permitirse mayores dispendios), me llegó también el de Cézanne. Extrañeza, primero, y luego franca admiración, al principio ingenua y bobalicona, por supuesto, aunque creo que ya básicamente bien fundada; porque lo que me admiraba de este pintor no era que pudiera considerársele un precedente del cubismo; sino que, sin perder la claridad de visión, encontrara en la representación figurativa esa elusiva materia pictórica pura que luego sería  buscada y cultivada por los autodenominados "pintores abstractos". Cézanne venía a demostrar que la pintura abstracta es... innecesaria, porque su objeto estaba ya delimitado o descubierto por pintores que ni soñaban con violentar el humilde pacto de representación en el que se basa la idea misma de pintura. Velázquez era ya tan abstracto como Pollock cuando se entregaba al gozo del color y la textura al pintar los encajes de la manga de una infanta. Y esta convicción estética me viene, creo, de la frecuentación de Cézanne, cuya obra vi luego en una gran exposición monográfica que hubo en el Prado a principios o mediados de los ochenta, y que coincidió -y aquí salta de nuevo el hilo de mis indagaciones novelísticas- con mi segunda o tercera visita a Madrid, esa vez acompañado de M.A. He leído algo sobre la pintura de Cézanne -lo último, Una fábula del arte moderno, el excelente ensayo que le dedicó Dore Ashton-, pero en ningún libro he encontrado una explicación de la fascinación que todavía ejerce sobre mí. Las ideas de Gaya -al que dediqué buena parte de mi conferencia del otro día- arrojan alguna luz al respecto. Y yo no sólo no he sabido explicarlo, sino que, encima, lo he confundido con otro.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es curioso lo que me ocurre con los escritores que más me gustan. La bendita casualidad, por la que siento debilidad ya que suele traerme situaciones y vivencias muy gratas, hace que haya puntos de unión muy concretos entre los textos que leo y mi propia experiencia. Cézanne es uno de mis pintores favoritos. El otro día estuve sentada en esa misma plaza que parece de pueblo, pensando cosas muy similares ...Un saludo desde Lepe, mi último destino este curso. Elena.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Me alegro de la coincidencia. Y que te vaya muy bien en Lepe. Un saludo.