jueves, junio 09, 2011

UNA VELADA



Siempre me ha llamado la atención lo distinta que es esta plaza a otras de la ciudad. Irregular, presidida por una fuente (ésta, de reciente construcción) y rodeada de edificios relativamente bajos, parece una plaza de pueblo. El hecho de estar situada a espaldas de la universidad y a medio camino entre la Alameda y la Plaza del Falla no le presta ningún cosmopolitismo añadido, sino que, por el contrario, acentúa su radical diferencia, su condición de isla en medio de zonas de más empaque y prestigio. También conozco algo a la gente de aquí, por ser parte de la población escolar que atendía mi antiguo centro de destino; y son, o parecen,  gente de pueblo; gente que apenas sale de su barrio, pese a estar éste situado en el centro geográfico de la ciudad y tener aperturas a los cuatro costados de la misma. Gente, también, humilde y algo esquinada, con la que es mejor no entrar en pendencias. 


Mentalmente, voy anotando estas cosas mientras escucho a mi locuaz interlocutor, que ha sido  mi anfitrión esta tarde y me ha invitado a unos gin-tonics después de la clase que he impartido en el máster que él dirige. Los tomamos en una terraza acogida al lado de sombra de la plaza, junto a la fuente. Frente a mí, a espaldas de mi interlocutor, una mesa ocupada por veinteañeros a los que recuerdo en edad escolar, cuando enredaban o jugaban al fútbol aproximadamente en el mismo lugar donde ahora toman refrescos y hacen como si conversaran a fuerza de cruzar monosílabos, miradas y comentarios lacónicos. Se ve que desconfían del entorno, como la gente de pueblo desconfía de los extraños que invaden momentáneamente sus calles y terrazas. Me pregunto si sería oportuno levantarme a saludarlos, pero no estoy muy seguro de que les agrade saber que un intruso recuerda sus nombres y es capaz de reconocerlos, a pesar de los cambios que sus caras y cuerpos han experimentado en estos años.


Mientras, ya digo, oigo a mi interlocutor. Tiene uno, como todo el mundo, un discurso interno y otro externo: el largo monólogo interior en el que rumia sus viejas obsesiones, y al que pertenecen quizá las observaciones precedentes, y el cúmulo de quisicosas que intercambia sin más con los extraños. Sin embargo, como todo el mundo sabe desde los tiempos pitagóricos, entre el microcosmos interior y el macrocosmos exterior hay un juego de correspondencias; y por eso no es raro que, en una tarde como ésta, lo que me cuenta este hombre con quien jamás había conversado antes se corresponda con algunos epígrafes más o menos secretos de mi actual lista de preocupaciones privadas. Sin haber llevado yo la conversación por esos derroteros, me habla, por ejemplo, de sus inicios laborales en el País Vasco, del ambiente políticamente asfixiante que se respiraba en su centro de trabajo, de la asumida extrañeza que suponía convivir casi diariamente con asesinatos sectarios que sucedían muy cerca... De todo eso me he ocupado, tangencialmente, en lo que llevo escrito de mi trilogía novelística sobre esos años. También me habla, sin apenas transición, de lo que él llama la "promiscuidad" de aquella época, e ingenuamente evoca la ración de la misma que le tocó experimentar... Me asombra ese ánimo introspectivo, tan favorecido, pienso, por la circunstancia de la tarde espléndida y el entorno recoleto en el que consumimos nuestras bebidas; por cierto, muy bien servidas por una camarera campechana y jovial.


Un par de llamadas a mi móvil ponen fin a la grata velada, que podría haberse alargado indefinidamente. Hacemos promesa de quedar alguna otra vez, para intercambiar libros. Echa uno ese propósito a la cuenta de los muchos de esa clase que ha formulado o recibido desde el inicio de su vida adulta: no, no habrá ocasión, como no medie alguna obligación como la que nos ha reunido hoy. También pienso, melancólicamente, cuándo podré permitirme de nuevo unas horas de ocio absoluto en esta plaza, sobre la que han crecido las sombras de los edificios circundantes y ya empieza a refrescar. Hay tardes que parecen no corresponderse con el día, e incluso con el año, al que pertenecen. La de hoy ha sido, quizá, una tarde anticipada; que, en el cómputo normal de los días que pasan, se integraría con toda naturalidad en un día que aún está por llegar, y en el que veré con claridad, quizá, cosas que hoy no veo.

4 comentarios:

Anibal dijo...

Preciosa entrada. Ahora mismo me bajo al Mentidero a tomarme un vinito.

Juan Manuel González Lianes dijo...

Magnífica entrada, José Manuel. La imagen de los chavales compartiendo mesa, inseguros y balbuceantes, es la de la propia adolescencia cuando las primeras salidas con los amigos.

mercedes sierra dijo...

cuando me gusta un texto siempre encuentro tu firma...Una joya, como elucubracion del espacio tiempo de Hawking,tu "una tarde que no parece de su dia..."
Si,agrandada por la libertd de saltarse la rutina,seriada hasta el infinito como agujero negro,húmeda gaditana sin claustrofobia...felicidades por tu tarde.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Muchas gracias a los tres.