miércoles, julio 27, 2011

COSAS VIEJAS

Este camarero había dejado su copa de cerveza en el escalón del umbral de una casa abandonada, colindante con el bar. De vez en cuando, discretamente, daba la espalda a la clientela de la terraza y se echaba al coleto un trago largo. Y daba cosa ver esa jarra en el suelo, sobre el escalón sucio, al nivel en el que las miasmas de la calle, levantadas por la brisa suave que estaba entrando a media tarde, son más densas y abundantes, y llevan entre sus partículas restos de pis de gato y polvo de materia deshecha bajo las uñas de las ratas...


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Sucedía esto, anoto, mientras hacíamos tiempo para entrar en la sala Galileo, donde representaban una extraña obra de Jardiel, Las siete vidas del gato. Una comedia presuntamente de intriga policial, resuelta de aquella manera, y cuyo encanto reside en jugar con las presencias fantasmales de esas viejas casonas madrileñas siempre cerradas, con los dueños eternamente ausentes. Y que también huelen, ay, a polvo de ratas y pis de gato.


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Y es que hemos visto muchas cosas viejas en esta excursión madrileña. Las que fotografió Eugène Atget en el París de finales del siglo XIX y principios del XX. Las que vimos en el Rastro, mientras C. buscaba una pulsera de cuero trenzado y una inverosímil, pero existente, funda de perlas falsas para el móvil de su amiga. Y las que oímos -cosas viejas, muy viejas- en el mitin de descontentos que se celebraba en la Puerta del Sol... No es que la protesta ciudadana haya perdido pertinencia o razón de ser, sino que van ganando protagonismo en ella, como si no hubieran hecho otra cosa que esperar su ocasión todos estos años, gentes que traen ideas viejas, que no terminan de encajar en el muy atinado programa regeneracionista con el que se iniciaron las protestas. Habrá que ver y esperar, como hace nuestro anfitrión, J., que es sociólogo y ve en estos hechos un jugoso objeto de estudio.


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El otro lado de la moneda: el París de postal de la última de Woody Allen, Midnight in Paris, que tanto fascinó a C., y que le llevó a preguntarme, antes de dormirse: "Papá, ¿qué escribió Hemingway?"; o las siempre atestadas tiendas del centro, una de las cuales, un conocido supermercado de discos y libros, me depara una alegría y una decepción, al mismo tiempo: la de encontrar algunos discos de The Stooges, vieja banda de antecesores del punk con la que ahora distraigo mis ocios; y la de comprobar que, desde que se abrió esta cadena, es la primera vez que no encuentro en uno de sus establecimientos ningún libro mío. Lo que es digno de anotarse: también la invisibilidad es un logro.

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