lunes, julio 11, 2011

INDISCRECIÓN



La tragedia del rey Lear llevada disimuladamente al cine: Odio entre hermanos, de Joseph L, Mankiewicz. Extrañamente pertinente hoy esta historia de una quiebra bancaria resuelta con paños calientes y ofreciendo a la ley una oportuna cabeza de turco. Una película negra, negrísima, de una espeluznante violencia contenida: la escena penúltima, en la que tres de los hermanos (el dandy, el tarado, el calculador) tratan de defenestrar al cuarto, es de las que pasan con facilidad a nutrir las pesadillas del espectador. Como si la realidad, en fin, no cumpliera sobradamente este cometido.


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Pesaba sobre el ánimo el recuerdo de la mañana de hospital del viernes. Había acudido allí para acompañar a un familiar cercano. A los parientes de los pacientes en quirófano y UCI nos concentran en una sala de espera especial, a la que se accede desde la calle, y en la que se ven claras trazas de que hay gente que ha pasado la noche allí: mantas, bolsas, envases de comida. Hay quien me dice que, aprovechando la disponibilidad del lugar, hay también indigentes que lo utilizan como dormitorio. Llama la atención, sobre todo, la existencia de espacios acotados por míseras pertenencias. El ser humano y su triste instinto territorial. Nos sentamos en uno de los pocos rincones libres, y a esperar.


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Termino Bélgica, el último diario de Chantal Maillard. Al final, entre una serie de textos más o menos colaterales al contenido central del libro, un espléndido ensayo titulado Proust y el gozo, en el que la autora se formula una interesante pregunta: el gozo que, según el novelista francés, se experimenta en esos instantes en los que una impresión presente remite a otra pasada, y en los que, por tanto, queda momentáneamente abolido el tiempo intermedio, ¿se experimenta también cuando la impresión así revivida es de naturaleza dolorosa? Proust deja la pregunta sin contestar: los ejemplos que da en su monumental novela en siete tomos son todos de naturaleza gozosa. Pero la respuesta, se me ocurre, podría ser más sencilla de lo que parece: la conciencia evita, en la medida de lo posible, esa identidad entre dos momentos dolorosos, porque cada dolor -como decía Tolstoi de las familias infelices- es único y singular y no se parece a ningún otro.


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Mujeres en deshabillé que pasean perros. A primera hora de la mañana, este jardín público es como una prolongación de la casa. Y escribir a esta hora junto a la ventana, una indiscreción. 

1 comentario:

Anibal dijo...

El desabillé de su vecina me acaba de alegrar la mañana. Muchas gracias.
Un saludo