jueves, julio 07, 2011

PÁJAROS Y PLANTAS

A raíz de lo que anoté el otro día a propósito de los nombres de los pájaros, repaso mis Cuatro nocturnos, de 2004, un libro escrito bajo el influjo directo de mis veranos en Zahara de la Sierra, que fueron los de la infancia de C., y en el que se habla mucho de pájaros, porque éstos eran un elemento importante de la música, los ritmos, el modo de despertarse e irse a dormir, de esos veranos. La familiaridad adquirida con ellos, y apoyada en la información aportada por gentes del lugar, me permitía entonces hablar con propiedad de algunas especies, de sus cantos, de su modo de hacerse presentes y más o menos visibles. Así arrancaba el poema final del libro, que lo es por describir uno de esos característicos "coros del alba" que establecen los pájaros al romper el día:


Primero, la disputa matinal
de los grajos, su estruendo de enseres arrastrados,
de tejas percutidas por el viento.
Luego, el gorrión y su  gorjeo cauto,
como quien se asegura de no estar
solo entre extraños. Hasta que se impone
el canto distendido del jilguero
y, mientras la primera luz se expande
como una gota de acuarela en agua,
en sucesivos planos se destacan
el llanto de la cogujada, el mirlo
con su voz impostada de persona,
los picapinos como mecanógrafos
aplicados, los gritos
histéricos de las urracas,
el silbo de las codornices...


Los rasgos de algunos de esos pájaros, entonces tan presentes para mí, se han ido borrando. ¿Distinguiría hoy una cogujada? Un pájaro pequeño, parduzco, con más querencia al suelo que a las ramas; de canto compungido, en todo caso. También, en ese poemario, hacía mención de diversas plantas y árboles que eran parte del escenario cotidiano, y especialmente, de la espesa galería vegetal que celaba el cauce del arroyo Bocaleones en su confluencia con el curso inicial del Guadalete, donde íbamos todas las tardes a bañarnos:


Cabe toda una vida en el exiguo
país que delimitan los dos ríos,
en su alfabeto vegetal que brota
al borde de las sendas según vas
leyendo en los relieves intrincados
el trazo del taraje, la lazada
prieta de los lentiscos, la menuda
caligrafía infantil de la junciana
bajo la rúbrica ostentosa y móvil
de las ramas del fresno...


¿Por qué, contra mi costumbre, copio aquí estos versos? Tal vez para constatar que ya no sabría escribirlos, por haberse atenuado o borrado las sensaciones que los inspiraron. Leo -también contra mi costumbre- este libro ya lejano y constato, sobre todo, una pérdida. Y una carencia, que ya empieza a resultarme angustiosa: a excepción de algún poema ocasional, llevo casi dos años sin escribir poesía. Y ya me la va pidiendo el cuerpo.  

3 comentarios:

Juan Manuel González Lianes dijo...

A la vista de lo leído, ya estás tardando, José Manuel.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Pues dale alegría al cuerpo este verano, José Manuel.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Juan Manuel, José Miguel. A ver si me deja la novela en marcha (que también da sus alegrías, la pobre).