martes, julio 26, 2011

SOME UGLY THINGS

Lo mejor, la ubicación del auditorio y el panorama que se disfrutaba desde allí: la línea de horizonte que abarca, en un golpe de vista, desde la cúpula de San Francisco el Grande, a la derecha del espectador, a los "rascacielos" venidos a menos de Plaza de España, pasando por el perfil de repostería fina de la Almudena y la serena y algo apastelada horizontalidad del Palacio Real, con sus columnatas y belvederes orientados al mar verde que se extiende a sus pies, y que, según va cambiando de nombre conforme se aleja del palacio -Jardines de Sabatini, Campo del Moro, estribaciones de la Casa de Campo- alcanza a envolver el lugar en el que nos encontrábamos. La transparencia del atardecer madrileño y la luz polarizada del último sol, virada a una gama de amarillos y anaranjados intensos, prestaban volumen y contundencia a las formas arquitectónicas, a la vez que las sutilizaban e infundían en ellas un cierto brillo de figuras impresas en papel couché: el decorado perfecto para que un cineasta enamorado de Madrid, y no únicamente de su desaforado costumbrismo, lo fotografiara con el amor que Woody Allen puso en Manhattan, por ejemplo.


La edad media de los allí reunidos rondaba la del protagonista de esa película: de treinta y tantos para arriba, con alguna honrosa excepción -mi hija, por ejemplo, que me acompañaba-, todos allí congregados para asistir a un concierto de una artista que se hizo famosa en los años ochenta. Lo raro es que mi hija hubiera consentido venir. Pero la MTV a veces crea sorprendentes atajos en la memoria colectiva, y a eso se debe, imagino, que el nombre de Cyndi Lauper le resulte a ella más familiar que el de otros artistas a cuyos conciertos madrileños le propuse asistir (Chick Corea, por ejemplo, o Cassandra Wilson). Así que Cyndi Lauper, la que cantaba aquel desenfadado himno generacional que se tituló Girls just wanna have fun y aquella otra pegadiza canción de amor titulada Time after time... Bueno. No está mal que entre padre e hija adolescente puedan darse estos inesperados consensos, aunque sea a costa de aguantar deportivamente las ironías de ella a propósito de este, para ella, sorprendente cónclave de cuarentones, al que podría aplicarse muy bien ese otro título de Jethro Tull: Too old to rock'n'roll, too young to die


La primera parte del concierto pareció obedecer inconscientemente a esa consigna: la antigua cantante de alegres himnos juveniles se ha convertido en una robusta cincuentona -bueno, ya casi sexagenaria- que se mueve sobre el escenario con envidiable agilidad, acompañada por un muy competente elenco de músicos de rythm and blues; y es esta sonoridad desgarrada y potente la que domina la mitad primera de su actuación, que luego deriva, sin rupturas, a tonalidades más suaves. El mensaje estaba claro: "No hemos envejecido tal mal, ¿no os parece?". Como para confirmarlo, allí estábamos todos, limpitos, comedidamente despendolados, bien vestidos y, por lo que parecía, y aunque no fuera más que para sucumbir por unos días a las tentaciones del merecido intervalo vacacional, no demasiado tocados por la crisis. 


Luego la noche disipó esa ilusión de ordenada república de hombres y mujeres maduros: unos se fueron en sus coches, a otros nos tragó la discretísima, casi invisible, boca de metro de Puerta del Ángel, en dirección al centro, donde todavía mantenían sus tinglados los descontentos que se habían congregado y manifestado esa misma mañana y el día anterior en la Puerta del Sol (también estuvimos allí). Aquí hay gente pa to, que diría el torero. O, mejor dicho, aquí uno se multiplica en los muchos yoes posibles. Hoy uno de esos yoes ha disfrutado de un melancólico concierto generacional. "Some ugly things have happened this weekend" nos recordó la cantante al final del mismo, aludiendo a la matanza noruega y, entendieron algunos, al desgraciado final de Amy Winehouse. Cosas muy feas, sí. Nosotros hemos sobrevivido ya a muchas de ese estilo.   

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