viernes, agosto 19, 2011

ARENA



En este agosto sin obligaciones -ahora me alegro, en fin, de haberme librado de mis compromisos periodísticos-, casi he conseguido vivir sin horarios. Salgo a pasear al anochecer, ceno de madrugada, estoy levantado hasta las dos, las tres, las cuatro..., en consonancia con una realidad que ahora en verano también se desquicia un poco y se reparte las horas de modo desacostumbrado. 


Al filo de las doce, por ejemplo, de regreso de mi paseo nocturno, entreveo entre dos edificios del paseo marítimo un apacible mercadillo. Me dicen que es el mismo de las mañanas de domingo, sólo que, en verano, por no sé qué extraña tabla de equivalencias, se ha trasladado a las noches de los jueves. A la quincalla que venden le sienta muy bien la luz amarilla de las farolas y el comedimiento general de la noche lenta y calurosa. Pasea uno la mirada por  la cerámica desparejada, la gusanera de relojes, los quinqués -no podían faltar-, las deshilachadas chaquetas de torero, los capotes acartonados, las viejas jeringuillas de cristal en su estuche metálico, los mazos de fotos. Y, cómo no, por los lomos de los libros, que aquí los hay de toda especie y condición. De un montón desahuciado rescato, por unos céntimos, un ejemplar de Pantaleón y las visitadoras, en desagravio a mis lecturas de prestado y a salto de mata en mi ya lejana adolescencia; de otra ordenada colección entresaco un ejemplar de Viaje en autobús, de Pla, que no tenía; y en una mesa variopinta encuentro uno intonso de la traducción de El spleen de París que hizo José Francés y publicó la casa Mateu en 1918. 

Pero lo curioso es el desenlace de este pequeño dispendio: para facilitarme el transporte de los tres libros, el último vendedor me alarga una bolsa arrugada. Y mi sorpresa es, cuando llego a casa, comprobar que ésta contenía un poso de arena de playa, que ahora ha pasado a los libros y les presta un tacto envilecido. Me detengo a pasarles un paño. "¿Por qué has tardado tanto?", me dice M.A., que me espera en una terraza. Y le cuento que he aprovechado la subida a casa para lavarme las manos, antes de la cena improvisada con la que vamos a celebrar los inesperados hallazgos.

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