***
Como también lo son los tomates que saca de su huerta. Casi se disculpa por sus imperfecciones: "Es que..., como no les echo nada...". Sin embargo, están exquisitos, pese a sus deformidades, pese a las asperezas de la piel, pese a su casi obscena tendencia a reventar de pura exuberancia. "Es que..." Y comprende uno que la esencia de la creación, sea ésta del tipo que sea, es la duda.
***
No pude evitarlo. Vi la silueta negra sobre el asfalto, percibí su desorientación, su indecisión. También yo dudé: amagué un volantazo y me contuve justo a tiempo de evitar el coche que me adelantaba por el carril de la derecha. Entonces percibí la leve conmoción del neumático al arrollar el mínimo obstáculo. Siento un malestar inmenso. Y me consuelo pensando que, en la cosmogonía de los conejos, la embestida de un ruidoso armatoste de hierro debe de ser tan ineluctable como, en la nuestra, la posibilidad de que la colisión con un meteorito acabe para siempre con la vida en la tierra.

1 comentarios:
para un conejo el automóvil es el mismo belcebú, pero otras criaturas lo deben ver como un pueblo sometido ve a Robin Hood. No forma parte de cadena trófica alguna,sólo desvía parte de la corriente de alimentos hacia especies que normalmente no tendrían acceso a ellos, a carroñeros vamos!
Publicar un comentario en la entrada