sábado, agosto 27, 2011

COLORES



En la biografía que Martin Murphy ha hecho de Blanco White, y que acaba de publicar Renacimiento, leo esta frase de un corresponsal de éste, a propósito del sistema político que en torno a 1811 estaban debatiendo las Cortes de Cádiz: "Cualquier gobierno capaz de hacer una ley en media hora es un gobierno despótico, ya sea su forma monárquica, aristocrática o democrática". Y no puedo por menos que pensar en la reforma constitucional que gobierno y oposición españoles andan ultimando, y que parece fruto de una ocurrencia repentina. Leer las vidas de los viejos liberales españoles tiene esto: constata uno que se anticiparon a casi todos los males de la España contemporánea; y que resolver, lo que se dice resolver, no resolvieron ninguno.


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Hasta hoy no había anotado nada aquí del sainete telefónico que me ha tenido distraído buena parte del verano, y por efecto del cual he perdido, creo, el número de teléfono móvil que llevaba usando desde hacía años. No seré prolijo en detalles: un diario no debe parecerse nunca a un impreso de reclamación. Pero lo dejo anotado por si alguna vez, en combinación con alguna otra incidencia más personal, me sirve para montar un relato, por ejemplo. Digamos que, por aceptar de buena fe una oferta telefónica que me pareció ventajosa, me puse en manos de la compañía A; que la companía B, a cuyos servicios renunciaba, hizo todo lo posible por retrasar y boicotear la gestión emprendida, pese a que la ley la obliga a facilitarla; que el cliente -es decir, yo- pidió la anulación del proceso, al comprobar que éste no se ajustaba a los plazos previstos y que ese retraso me podía ocasionar perjuicios; gestión que resultó influctuosa, y que tuvo como único resultado que la compañía A dejara el proceso a medias mientras la otra, incapaz de cumplir la infinidad de promesas que me había hecho para que permaneciera con ella, finalmente me emancipaba de su tutela. Entre una y otra compañía, mi número quedó en un limbo del que no he conseguido rescatarlo en seis arduas semanas en las que he hablado con varias docenas de amables locutoras de acento rioplatense que han tomado nota de mis contrariedades, sin ser capaces de encontrarles solución. Para colmo de males, la compañía A me está cobrando la cuota correspondiente al número fantasma, como si éste estuviera en servicio... 


A estas alturas, no sé qué hacer, salvo poner una denuncia en el juzgado. Lo que supone, en fin, meterse en otro laberinto, del que tampoco hay garantías de salir airoso.


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Mientras tanto, el verano deriva a su fin. Y para cumplir con uno de sus imperativos, que es el de proceder a algún que otro arreglo doméstico, decidimos cambiar el color de las paredes de nuestro dormitorio. Pero la tonalidad elegida sobre la carta de colores no se corresponde, ay, con la que ha quedado plasmada en la pared, una vez aplicada la primera mano de pintura. Se impone rectificar, y así lo hacemos, después de conseguir que el encargado de la tienda de pinturas nos dé la razón y nos proporcione una nueva lata. Con todo, seguimos teniendo dudas. ¿Es éste el color que habíamos elegido? Ocurre con las pinturas lo que con la mayoría de las disposiciones que tomamos respecto a nuestras vidas: los resultados nunca se ajustan del todo a lo previsto. A lo sumo, se adapta uno a ellos y trata de imaginar que responden a las decisiones tomadas. Por eso dormiremos y nos vestiremos, a partir de ahora, sobre este fondo que no es exactamente azul-noche, como queríamos, sino una tonalidad un sí-es-no-es más clara. Una versión diluida, en fin, del color pretendido. Como casi todo.  

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