lunes, agosto 29, 2011

DISIDENTES

La mayor dificultad del diarista: la naturaleza cíclica de la materia de la que se ocupa, que hace que las impresiones de hoy se parezcan a las de hace un año, y a las de hace dos, y lo enfrenten a uno a una doble impostura: la de repetirse, o la de obviar lo inevitable de esa repetición.


O lo que es lo mismo: todo diario prolongado avanza sobre la falsilla de lo ya escrito. Por eso el diarista es siempre un hombre melancólico: vive sobre lo ya vivido, constata lo constatado ya muchas veces.


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La dualidad de Blanco White -sigo con la biografía de Martin Murphy-: su descreimiento religioso y su inconformismo lo enfrentan a la España tradicional; pero, situado frente al primer intento reformista serio de cambiar esa España -las Cortes de Cádiz-, ese mismo inconformismo lo convierte en un crítico formidable de los muchos tropiezos y errores de la camarilla liberal gaditana, a saber: la mezcla de torpeza y estrechez de miras con que ésta afrontó el problema americano; su intolerancia hacia los disidentes (conservadores, afrancesados, outsiders como el propio Blanco), que se tradujo en actuaciones concretas más bien contrarias a los principios liberales; el carácter doctrinario de sus logros (la propia Constitución de 1812), frente al pragmatismo que le reclamaban los espíritus algo más lúcidos... Son, si se quiere, los sempiternos errores del progresismo español, que se han venido reiterando desde entonces en las escasas ocasiones en las que éste ha tenido en sus manos las riendas del poder. Pero no por ello resulta menos válido el papel de los pocos que, sin alinearse con las fuerzas reaccionarias, supieron ver esos errores y se atrevieron a denunciarlos. Lo que en la mayoría de los casos supuso, como en el de White, condenarse a una doble muerte civil... ¿Acaso alguien, en la actual tesitura de celebrar el bicentenario de las Cortes gaditanas, por ejemplo, está dispuesto a recordar el papel que jugó este incómodo disidente? Por lo mismo, alguien tendría que atreverse a romper una lanza a favor de los afrancesados, digo yo.


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Ni con unos ni con otros: no es posición que se elija, sino circunstancia que viene impuesta por el carácter de algunos. Quienes la padecen suelen sufrir, al mismo tiempo, un mal concomitante mucho peor: el anhelo de decantarse finalmente hacia unos u otros, para escapar del aislamiento y la incomprensión. Pero no se es dueño de renunciar libremente a aquello que tampoco se ha elegido, creo.

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