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Lecturas de verano: la Poesía completa de Lorca, las Memorias de Casanova (más ojeadas que leídas, en fin), la demorada, y finalmente decepcionante, Trilogía de Nueva York de Auster, las recientes antologías que Renacimiento ha publicado de Luis Alberto de Cuenca, Javier Salvago y (todo un descubrimiento) la mexicana Rosario Castellanos; el primer libro de poemas, Cerrar los ojos para verte, del jovencísimo Rodrigo Olay; El niño de Samarcanda, la hermosa novela sobre falsilla de biografía ajena, y también propia, que ha escrito Rafael Marín; el último poemario de Juan Peña, los Cuentos de los tres hemisferios de Lord Dunsany... Lecturas determinadas por la cercanía y el azar, más que por cualquier propósito programático. En eso este verano también ha sido distinto: no había deudas de lectura que saldar. O, si las había, ahí siguen, a la espera de otro periodo de voluntad más firme, de miras más ambiciosas, de búsqueda mejor orientada. No lo digo, por supuesto, en detrimento de ninguno de los libros aquí citados -de todos ellos, el único cuya lectura considero tiempo perdido es el de Auster-, sino en blanda reconvención de mí mismo, de mi buscada, y felizmente hallada, indeterminación...
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Desconfiar de la clemencia de los veranos, incluida -o sobre todo- la meteorológica. Vendrán tiempos peores y nos hallarán en plena intemperie forzosa. Y habrá que apechugar.

2 comentarios:
Cierto, es tiempo perdido leer a Auster. No pude terminar su libro, y al igual que otros libros, ha ido a parar a la papelera del olvido, uff que alivio. En cambio, en la relectura, después de muchos años, de Los miserables de Víctor Hugo, que deleite, que placer - tengo que añadir que llevo tres meses sumergido en su lectura, lenta, profunda, honda- retornar a su prosa, a sus imágenes, a ese mundo que llamo Literatura, Poesía.
Saludos
Joie est mon caractère,
C’est la faute à Voltaire,
Misère est mon trousseau,
C’est la faute à Rousseau.
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