miércoles, agosto 24, 2011

INTEMPERIES

También aquí, en la costa, se siente esa impresión general de retraimiento que, en los pueblos más pequeños, sigue a las ferias y celebraciones del puente de agosto. Las terrazas se van quedando vacías, y entre los paseantes predomina ya el elemento local, con presencia destacada de los recién regresados, los que vienen, pongamos, de dar la vuelta al mundo o de bañarse en aguas más prestigiosas que las que lamen estas orillas casi vecinales, y comprueban ahora cómo esas experiencias tan trabajosamente adquiridas, y a tan alto precio, quedan rápidamente difuminadas bajo el peso abrumador de lo conocido. Nosotros también, a escala más modesta: echamos de menos un matiz del silencio, determinada cualidad del aire, una tonalidad general del paisaje y la luz. Sabemos ya, por experiencia, que lo más inasible es lo que más tarda en borrarse, y tal vez por eso nos conmueve el desamparo de los que sólo traían en la retina, y ya casi lo han perdido, el equivalente a un puñado de fotografías ante fachadas de monumentos famosos o paisajes de postal.

***

Lecturas de verano: la Poesía completa de Lorca, las Memorias de Casanova (más ojeadas que leídas, en fin), la demorada, y finalmente decepcionante, Trilogía de Nueva York de Auster, las recientes antologías que Renacimiento ha publicado de Luis Alberto de Cuenca, Javier Salvago y (todo un descubrimiento) la mexicana Rosario Castellanos; el primer libro de poemas, Cerrar los ojos para verte, del jovencísimo Rodrigo Olay; El niño de Samarcanda, la hermosa novela sobre falsilla de biografía ajena, y también propia, que ha escrito Rafael Marín; el último poemario de Juan Peña, los Cuentos de los tres hemisferios de Lord Dunsany... Lecturas determinadas por la cercanía y el azar, más que por cualquier propósito programático. En eso este verano también ha sido distinto: no había deudas de lectura que saldar. O, si las había, ahí siguen, a la espera de otro periodo de voluntad más firme, de miras más ambiciosas, de búsqueda mejor orientada. No lo digo, por supuesto, en detrimento de ninguno de los libros aquí citados -de todos ellos, el único cuya lectura considero tiempo perdido es el de Auster-, sino en blanda reconvención de mí mismo, de mi buscada, y felizmente hallada, indeterminación...

***

Desconfiar de la clemencia de los veranos, incluida -o sobre todo- la meteorológica. Vendrán tiempos peores y nos hallarán en plena intemperie forzosa. Y habrá que apechugar.

2 comentarios:

Ramón Simón dijo...

Cierto, es tiempo perdido leer a Auster. No pude terminar su libro, y al igual que otros libros, ha ido a parar a la papelera del olvido, uff que alivio. En cambio, en la relectura, después de muchos años, de Los miserables de Víctor Hugo, que deleite, que placer - tengo que añadir que llevo tres meses sumergido en su lectura, lenta, profunda, honda- retornar a su prosa, a sus imágenes, a ese mundo que llamo Literatura, Poesía.

Saludos

Gavroche dijo...

Joie est mon caractère,
C’est la faute à Voltaire,
Misère est mon trousseau,
C’est la faute à Rousseau.