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Y es que a eso se reduce mi vida literaria -si es que así puede llamarse- durante el verano: casi todos los años recibo la visita ocasional -nunca más de una por verano- de algún amigo escritor que quiere verme. Casi podría enumerarlos, y designar los años por sus nombres, como los romanos hacían con los cónsules. Algunos -pocos- reiteraron sus visitas durante una serie de años, delimitando así un ciclo; otros han venido en una sola ocasión. Traen noticias de su predio, concuerdan con uno en la infalible constatación de que en todas partes cuecen las mismas habas, a veces dejan en la mesa un libro firmado y se llevan otro... Suelen venir a finales de agosto, cuando los últimos días de las vacaciones revisten una cierta pesadumbre de tarde de domingo. Y uno les agradece el gesto, porque su presencia, a finales de verano, cuando uno casi ha perdido ya los automatismos que sostienen su entusiasmo y su trabajo, viene a ser un recordatorio de que este conjunto de aspiraciones y rutinas constituyen, a su manera, una especie de identidad, en la que te reconoces y te reconocen. Escribir, como leer, es labor de solitarios. Pero hay una sociabilidad derivada de la escritura, como también la hay derivada de la lectura. Que puede ser, por qué no decirlo, tan onerosa como cualquier otra sociabilidad; pero que, asumida en su justa dosis, define quién eres.
Ellos, los visitantes, vienen a recordártelo, por si lo habías olvidado.

1 comentarios:
Esa pesadumbre de tarde de domingo define con exactitud lo que experimento estos días últimos de las vacaciones. Espero que la vuelta al trabajo no conlleve, en cambio, la pesadumbre mucho peor del lunes por la mañana, y sí, en cambio, el convencimiento de que este año escolar que empieza sea mejor que el ya vencido. Un saludo.
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