martes, septiembre 13, 2011

ALTA GAMA

Mis caminatas matinales por el Paseo Marítimo tocan a su fin: en apenas un par de días, con el comienzo del horario regular de clases, las prisas de primera hora harán imposible, por un margen de apenas diez minutos, este modesto placer contemplativo. No me quejo; simplemente constato la inminencia de ese modo antinatural de comenzar el día sin consultar previamente los grandes referentes del devenir estacional: la luz menguante de estos amaneceres cada vez más renuentes, el estado del mar, la compañía sobrevenida de los escasos paseantes a cuya reiterada presencia me he ido acostumbrando estos días. Y todo, ya digo, por un margen de diez minutos, los que tardo de más al venir andando desde la entrada de la ciudad, cuando no hay urgencia para que me traigan hasta la misma puerta del trabajo. La felicidad, se me antoja, sería eso: disponer de esos diez minutos.


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En el paseo de hoy veo que han empezado a desmontar el pequeño parque de recreo infantil con el que cuenta la playa durante el verano, y que ahora me depara una estampa de feria desmantelada. Pronto seguirán los chiringuitos, y luego la playa quedará desatendida y abandonada durante largos meses, expuesta a los temporales y a disposición solamente de las gaviotas y los desocupados. Anoto esta realidad y quisiera hacerla símbolo o anuncio de algo, pero no sé de qué.


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En el coche venía escuchando las apocalípticas noticias económicas. La quiebra de Grecia es inminente; y, con ella, la ruina cierta de media Europa. Y pienso en la trágica inadecuación entre los tiempos históricos y la duración de la existencia humana. Tenemos crisis para largo: lo menos para veinticinco años. Lo que quiere decir que, cuando vuelvan los buenos tiempos, yo ya no estaré aquí para verlos, o seré tan anciano que no tendré fuerzas ni disposiciones para disfrutarlos. Y que, contando a partir de los que tienen ahora la edad de mi hija adolescente, al menos dos generaciones se criarán bajo el peso de la creciente penuria, ajenos a esa especie de optimismo antropológico que parecía regir la cultura juvenil europea y americana desde hace medio siglo. El único consuelo es que quienes han provocado la actual situación tampoco durarán lo suficiente para ver su final.


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Y me asalta una duda: ¿a qué se deberá la curiosa proliferación de coches de alta gama en ciertas barriadas teóricamente deprimidas, y el hecho, más curioso aún, de que al volante de éstos vaya siempre un veinteañero de aspecto patibulario? Si yo fuera ejecutivo de BMW, por ejemplo, empezaría a preocuparme por la imagen de la marca.

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