jueves, septiembre 08, 2011

CAMAFEO

La imagen que me depara hoy mi caminata matinal por el Paseo Marítimo: un mendigo que duerme abrazado a su perro, mientras éste mantiene la cabeza erguida y los ojos bien abiertos, en una expresión que, sin embargo, no transmite angustia ni tensión, sino sólo una cierta conciencia del propio papel. Que se atreva alguien a hacerle algún daño a su amo, que duerme plácidamente, arropado en sus trapos y en la benignidad del clima, y confiado enteramente a la mirada vigilante de su compañero. ¿Quién dice que los perros son serviles? Éste, desde luego, no lo es. Transmite más bien una impresión de sereno orgullo. Como si, al recibir la pregunta muda de este transeúnte, no vacilara en responder: Sí, los dos hemos elegido voluntariamente esta vida de perros. Y no nos arrepentimos.


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Cukor, como Lubitsch, procede de la opereta vienesa, o de la versión internacional de la misma que triunfó en los escenarios de todo el mundo hasta la víspera de la Segunda Guerra Mundial, y cuya representante más característica es Anita Loos. De ella es el argumento de Mujeres, la película de Cukor que vimos anoche; y que, junto con La actriz, que es casi un documento neorrealista sobre las familias de clase media baja americanas de los años treinta, es la película de este cineasta que más nos ha gustado en el ya largo y guadianesco ciclo que llevamos siguiendo desde principios del verano. Mujeres es -lo anoto aquí para que no se me olvide, porque el ritmo acelerado de ingesta de películas que llevamos en los últimos meses desafía mi capacidad de retentiva- una especie de antecedente de Sexo en Nueva York, sólo que filmado y ambientado en los años treinta; y, por tanto, tocada de ese despreocupado cinismo verdaderamente interiorizado -es decir, asumible como norma de vida- al que nuestro deportivo libertinaje de hoy apenas llega a las suelas de los zapatos. Con una cámara increíblemente suelta y una cháchara tan abrumadora como divertida -el cotorreo continuo de una docena de hembras desocupadas-, la película, en la que sólo aparecen mujeres, desgrana los infortunios matrimoniales de algunas de ellas y la difícil armonización entre las convenciones sociales y las exigencias del amor. Con lo dicho, podría haberla filmado Lubitsch -con cuyo cine el de Cukor guarda más de una afinidad-. Sólo que, donde Lubitsch apuesta por las soluciones cínicas, Cukor va más allá y muestra el punto en el que el cinismo cede a la fuerza de los sentimientos. Las lágrimas que se lloran en estas desenfadadas comedias son lágrimas auténticas, y responden a verdaderos sentimientos de desposesión e indefensión. Y si, además, las vemos en el nobilísimo rostro de Norma Shearer, su capacidad de convicción es absoluta. Como en la vida misma. 


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Al abrir la ventana para que se ventile el espacio en el que escribo estas líneas, espanto una enorme libélula. Las libélulas en reposo, ya se sabe, tienen siempre algo de camafeo. Y eso era ésta: un camafeo prendido en la impostada seriedad de la mañana laborable. 

4 comentarios:

Portorosa dijo...

De camafeo de Lalique.

Saludos.

L.N.J. dijo...

Preciosa entrada. A fito le hubiese gustado, sin duda.
En la calle Sierpes hay un mendigo con su perro, un día me acerqué para ver que tenía el perro en la boca, un chupe le tenía puesto su dueño. El perro estaba tumbado, muy sucio y con una mirada tan triste que me duele decir que lo sentí más por él que por su dueño.

Saudos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

O quizá entendimos mejor al dueño al ver la mirada del perro.

L.N.J dijo...

Como se suele decir, el perro se parece a su dueño. Puede ser lo que dices, pero utilizar al animal para dar más pena o compasión de lo causan algunas veces, no me parece muy adecuado.
Hay dueños y dueños.

Besos.