viernes, septiembre 09, 2011

EL SÍNDROME

A estas alturas de septiembre, la mayoría de ustedes ya habrán superado los efectos del llamado “síndrome postvacacional”. Después de la angustiosa víspera, en la que uno se sentía incapaz, no ya de reanudar la labor, sino incluso de volver a pisar el lugar donde ésta se efectúa, después del primer madrugón, del sentimiento de timidez con que uno cruza la puerta del centro de trabajo, de los saludos más o menos rituales a los compañeros, la realidad se ha impuesto y, en cuestión de horas, o a lo sumo de unos días, ya está uno trabajando como si no hubiese habido nunca vacaciones, como si no hubiese dado uno por terminado el ciclo anterior y hecho propósitos más o menos bienintencionados para el que comenzaría después del periodo de descanso. Alcanzada esta fase, los médicos declaran que el síndrome ha pasado. Y quizá es entonces cuando empieza la verdadera enfermedad: la conformidad con la rutina, la aceptación de que el día empieza cuando aún es de noche y termina cuando vuelve a serlo otra vez, la idea de que las horas de luz, las calles céntricas, las terrazas y las tiendas pertenecen a los desocupados, a los jubilados, a los convalecientes.


Dirán ustedes que la queja no ha lugar, que bienaventurados los sujetos a estas obligaciones y pobres de los que no las tienen. Y es verdad, sólo que no puede dejar uno de pensar que, pese a los avances tecnológicos, sigue lejos de nosotros el reconocimiento de lo que algún utópico llamó “el derecho a la pereza”. En realidad –leía hace poco en un artículo de José María Parreño– no tenemos tal derecho, sino la vaga titularidad de un “tiempo libre” –entiéndase, las horas que median entre el regreso del trabajo y el sueño– que, precisamente por estar “libre”, como lo están los taxis o los asientos del autobús, reclama ser ocupado por cosas que cuestan dinero, o nos incitan a gastarlo. Por eso no es coincidencia que en septiembre se reanuden los “hobbies” y coleccionismos de todo tipo, algunos tan absurdos como los que animan a montar una maqueta de la que sólo puedes adquirir dos o tres piezas a la semana: ¿qué hacer con ellas: mirarlas hasta que lleguen las otras, acariciarlas, anticipar con la imaginación el delicioso momento en que el artilugio estará terminado?


También por estos días se reanuda la vida social que había quedado en suspenso a comienzos del verano. Vuelven las cartas, vuelven los mensajes a nuestro correo electrónico, suena de nuevo el teléfono, vemos a la gente de siempre en los sitios habituales. A algunos los echábamos de menos, otros se nos imponen con la misma inevitabilidad que los días laborables. También la vida social, esa hipotética fuente de placeres, es una obligación. Pronto lo será también abrigarse, arrimarse a los radiadores, resignarse a las luces encendidas. Y añorar –es un tópico– las inminentes vacaciones, como si eso solucionara algo.


(septiembre 2004)

1 comentario:

Olga Bernad dijo...

Sí, pero piensa que septiembre tiene aún esa tristeza dulce de fruta madura. Doloroso y dulce, sí, como dejar atras "la Venecia en que todos para nuestro castigo fuimos adolescentes", etc. Muy sensual. Quedémonos ahí, ya vendrá lo demás.