miércoles, septiembre 21, 2011

GINSBERG

El capítulo del libro de Ovejero dedicado a la beat generation me lleva a releer Aullido, de Ginsberg, y a repasar otros poemas del autor que tengo dispersos en varias revistas y antologías. De beatnik, como cualquiera que me conozca puede deducir, siempre he tenido más bien poco. Pero dice algo de nuestra posición como meros lectores el hecho de que, incluso respecto a un autor tan alejado de mis gustos y de mi práctica literaria, pueda yo ahora trazar un itinerario de mi relación con él, o una retrospectiva de las ocasiones en que me he visto impulsado a leerlo. Era, recuerdo, uno de los escritores de cabecera de Jesús Fernández Palacios, un poeta gaditano mayor que yo al que confié la lectura de mis primeras probaturas poéticas, y al que todavía me une una buena amistad. Uno de sus poemas más celebrados, el titulado "Treinta monedas de pus", debía mucho, al decir de su autor, a la influencia del norteamericano; dato que yo entonces no podía corroborar, porque no había leído aún a Ginsberg, pero que ahora puedo afirmar que resultaba un honesto reconocimiento de una deuda cierta. En el poema de mi amigo, en efecto, se alternaban, como en Aullido, las ráfagas de descripción realista con los momentos de arrebato visionario; había versos consistentes en la repetición insistente de una sola palabra, a modo de mantra; e imperaba en él, como en el archiconocido texto de Ginsberg, un cierto aliento elegíaco, porque el pretendido desgarro del poema se proyectaba más hacia el pasado que hacia el propio presente del poeta: en ese sentido, tanto Aullido como "Treinta monedas..." eran textos tranquilizadores, a su pesar, porque daban a entender que sus autores habían sobrevivido al caos que ensalzaban; y por eso mismo, quizá, podían ser leídos con simpatía por un veinteañero cuyos afanes disolventes -que los tenía, como cualquiera a esa edad- se orientaban más bien al epicureísmo y a la vivencia despreocupada de la noche... Quiero decir que leí aquellos textos con la misma mirada arqueológica con la que abordaba, pongo por caso, los discos de Hendrix y Zappa: sabiendo que aquello alguna vez implicó un riesgo, pero que ahora el mero paso del tiempo había desactivado todo su peligroso potencial.

A Ginsberg terminé leyéndolo, claro: primero en los poemas suyos incluidos en Contemporary American Poetry, una antología que compré hacia 1982 en la hoy desaparecida librería Turner de la calle Génova, en Madrid, al pie de lo que ya entonces era sede de Alianza Popular (hoy Partido Popular). Lo curioso de la inclusión de Ginsberg en esa antología era que su compìlador, el también poeta Donald Hall, negaba la existencia del grupo poético que se conoció como beat, y decía que los mejores poetas encuadrados bajo esa etiqueta eran más bien nuevos exponentes de la "tradición coloquial" visible en la poesía americana a lo largo de toda su historia; idea en la que creo que no andaba descaminado. El descreimiento de Hall llegaba hasta el punto de haber omitido a Ginsberg en la primera edición de su antología, y haberlo admitido muy a regañadientes en la segunda... Con todo, a mí me gustaron poemas como A Supermarket in California y, sobre todo, el titulado First Party at Ken Keseys with Hell Angels, un breve texto de andadura clásica en el que se describía una fiesta descontrolada en casa del autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, y que terminaba con dos versos en los que se daba cuenta de la discreta presencia de cuatro coches policiales tras unos árboles cercanos... Un desarrollo parecido, creo recordar, constituía el argumento de una canción de Frank Zappa. 

Leí Aullido, por supuesto, que es un poema menos complaciente con el pasotismo hippy de lo que podría pensarse, y cuyo máximo valor reside hoy en los anticipos burlones del desenlace que tendría todo aquello, con los viejos contestatarios convertidos en vegetarianos y propietarios de tiendas de antigüedades... Y creo que no supe nada más de Ginsberg hasta que leí, ya en los años noventa, unos poemas suyos en la gaditana Revista Atlántica: entre ellos, una desopilante versión burlesca de La Internacional y un incalificable poema titulado Sphincter y dedicado, como su título anuncia, al aguerrido ojo del culo de su autor... Lo que no excluye, en fin, que en un texto tan breve hubiera espacio para algunas melancólicas consideraciones sobre el SIDA, por ejemplo. Por entonces, creo que procedente de un mismo botín, resultado de algunos de los contactos norteamericanos del director de la revista, llegó a mis manos un libro de mi también paisano Carlos Edmundo de Ory publicado en edición bilingüe en Nueva York, y en el que el traductor al inglés de los poemas del gaditano era el propio Ginsberg. El encuentro entre los dos viejos poetas debió de ser un memorable choque de egos. A Ginsberg poco antes lo habían recibido de malos modos en el aeropuerto de Praga, a donde acudía como invitado a un encuentro literario: algo debía de haber en su aspecto que no gustó a la policía comunista, que obligó al poeta a montar de nuevo en su avión y lo mandó de vuelta a casa. En aquella época todavía el mundo era bipolar y estas leves contravenciones del orden imperante a uno y otro lado del Telón de Acero provocaban, a la vez que un cierto escalofrío, un sano estremecimiento de placer. El libro de Ory -Angel without a Permit / Sin permiso de ser ángel- fue reseñado por mí para la revista Renacimiento. Y recuerdo que, aunque no pude evitar poner algunos peros, tanto al poeta como a su ilustre traductor, hice ese trabajo bajo la impresión de estar tocando materia perteneciente ya a la mitología literaria del siglo próximo a su fin. El viejo beatnik se materializaba en alguien con quien habían confraternizado mis amigos, y eso le prestaba una cierta cercanía, inimaginable cuando yo hojeaba sus poemas en los estantes de Turner. 

He recordado ahora estas cosas a propósito de las rápidas páginas que Ovejero dedica al poeta en su libro sobre "escritores delincuentes". No creo que Ginsberg encaje en este marchamo, a pesar de sus ocasionales roces con la ley. Fue, si acaso, un poeta golfo. Y un pícaro, que todavía nos hace gracia, y en cuya poesía seguimos encontrando algún que otro destello que nos emociona, sobre todo porque concierne ya a nuestra historia personal.  

2 comentarios:

José Luis Piquero dijo...

"Aullido" me parece genial, a pesar de que yo también guardo cierta distancia. El incidente de Ginsberg en Praga está contado y no se limitó a que la policía le mirara mal sino a que se dedicó varios días a ligar descaradamente y entrarle incluso a los policías. En ese tiempo y lugar era intolerable. Un marbete de orgullo ser expulsado de esa forma.
Recuerdo que Fernando Beltrán me pasó un cassette que no tiene precio con Ginsberg leyendo en Madrid y recitando un poema anti-tabaco (había dejado de fumar) que podría pasar a la historia de la intolerancia y la neurósis ex-tabaquista por su vehemencia y absurdidad. Un pequeño genio.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo sólo conocía ese incidente de oídas, tal como lo he contado. Gracias por la ampliación. Si tienes "Aullido" a mano, léelo de nuevo: es un gran texto, desde luego; pero creo que, con el tiempo, lo que más destaca en él es esa especie de ironía anticipada que he mencionado, lo que indica que, después de todo, Ginsberg era un tipo lúcido. Un abrazo.