viernes, septiembre 02, 2011

LLUVIA DE ORO



Ya se sabe que las casualidades demasiado forzadas provocan la incredulidad, y eso es lo que siente uno ante la llegada de las lluvias otoñales justo el primer día de septiembre, coincidiendo con el final de las vacaciones. Llego al trabajo empujado por los vientos y "mojado hasta los cuernos", como rezaba el poema de Jaime Gil, y me parece intuir que el año que así se inicia -uno, que no ha salido nunca del colegio, cuenta los años por cursos- será como este primer día: pura bambolla y cartón piedra, sobre el telón de fondo de una crisis política, económica y moral que parece no tener fin. Y me acuerdo de otros comienzos de otoño menos abruptos. En Bocaleones, por ejemplo, al final de nuestros veranos en Zahara de la Sierra, cuando el final del verano se anunciaba con la irrupción en el valle de un viento cargado de humedad, que podía traer o no lluvia, pero que, en cualquier caso, precipitaba la caída de las hojas de las falsas acacias que daban sombra al porche, y asemejaba la llegada del otoño a ese conocido episodio mitológico en el que la furia de un dios enamorado se precipita sobre su elegida en forma de lluvia de oro.


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Si antes me quejo, antes termina el sainete: vuelvo a tener teléfono móvil, tras haber sido durante un mes y medio un feliz ciudadano solamente visible y localizable para sus allegados más inmediatos. Vuelvo a estar, como quien dice, al alcance de cualquiera. Antes era una singularidad anónima. Ahora vuelvo a ser nadie.


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Mi paraguas es una ruina. Una señora me advierte, con preocupación, que llevo una varilla suelta. Otros viandantes se apartan temerosos de ese amasijo de telas y alambres que apenas consigo mantener abierto. Pienso en la conocida greguería de Ramón, la que equiparaba un paraguas con un murciélago. El mío, en todo caso, es un murciélago manco.

3 comentarios:

Emilio Calvo de Mora dijo...

Hoy he sido el dueño de tu paraguas. Más que la lluvia intensa (que ha sido breve) o del viento (inexistente) ha sido mi impericia a la hora de abrir un paraguas ya antiguo, que no sirve para el oficio que se le encomienda. Casualidades también. Lo tiraremos, sacaremos otro. Pero la señora (la mía, la que me pilló a la vera) también me soltó una mirada que decía cosas que no se podían decir.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

¿Y quién se acuerda de comprar paraguas cuando no llueve?

Olga Bernad dijo...

Aquí también ha llovido. Mis paraguas son murciélagos perdidos. Pierdo uno cada día que llueve (menos mal que soy de secano). Yo creo que me gusta mojarme;-)