jueves, septiembre 22, 2011

ODIOS

No conté ayer que, para localizar los recuerdos de Ginsberg que citaba en mi nota -mi reseña del libro de Ory traducido por el norteamericano, o la referencia de los poemas de éste publicados en RevistAtlántica- no tuve más que poner en Google las palabras correspondientes, ahorrándome así una trabajosa indagación en mi biblioteca. De hecho, yo estaba confundido: la citada reseña creía que estaba publicada en la revista jerezana Contemporáneos, y me podía haber pasado toda la tarde ojeando infructuosamente mi colección de la misma. La sorpresa fue que, nada más poner el título del libro y mi nombre en el buscador, no sólo di con la referencia, sino que encontré la página entera reproducida en Google Books... No sé si tanta disponibilidad es buena o mala. Antes nos pasábamos sin esas facilidades, y no creo que por ello fuéramos más inexactos en esta clase de apreciaciones, o más olvidadizos a la hora de reconstruir, como hacía yo ayer, el rastro de una lectura. El caso es que ya hay que contar con ello: parte de nuestra memoria personal la hemos delegado en ese todopoderoso recurso. Pero no sé si lo que hemos ganado en rapidez y exactitud no lo habremos perdido en otras cosas. Porque, ¿quién me dice que yo no hubiera disfrutado inmensamente perdiendo la tarde entre mis pilas de revistas polvorientas? Y a lo mejor mi tendinitis de hombro lo hubiera agradecido.


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Desde hace dos o tres años este conductor y yo nos odiamos cordialmente. Todo empezó el día que le exigí que apagara la radio con la que atronaba un autobús en el que yo era el único pasajero: me dijo que la tenía puesta para ahogar el sonido del motor. Aún así, conseguí que aminorara algo el estruendo, aunque para ello tuve que amenazarle con dar parte a su empresa... Hoy, de nuevo, el estruendo era insufrible; pero, como el autobús iba lleno, no me he quejado. Sólo ha habido un momento en el que, por el espejo retrovisor, el conductor me ha sorprendido mirándolo y meneando la cabeza... 


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Un fracaso bien administrado vale  más que uno o dos éxitos fulgurantes. Al menos, llena una vida. Porque no hay nada peor, supongo, que sobrevivirse a uno mismo cuando ya incluso la mera posibilidad del éxito se ha agotado.

1 comentario:

Alejandro Pérez Ordóñez dijo...

Los autobuses urbanos de Granada son exactamente igual de estruendosos que el que describes, me los has recordado instantáneamente.