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El Viaje en autobús de Pla: sin duda, los escritores del régimen tenían carta blanca para decir lo que querían; si no, no se explica esta mirada franca sobre la España hambrienta y devastada de 1941-42. Claro que el hambre -o, mejor dicho, la posibilidad de satisfacerla- ha sido siempre una de las inspiraciones favoritas de Pla. Que se emocione ante un campo de patatas no responde sólo, como podía ser el caso de sus acompañantes en este viaje, al hecho de que éstas fueran escasas y estuvieran racionadas, sino, digamos, al funcionamiento general de su sensibilidad. Si acaso, en otros tiempos mejores ésta se hubiera aplicado con más deleite al anticipo de los placeres inherentes a, pongamos, unas buenas sardinas sobre una rebanada de pan. Ahora no: ahora le basta la posibilidad de llenarse la barriga. Pero el arrebato lírico -por qué no llamarlo así- tiene el mismo fundamento.
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Aburrimiento de tarde de domingo. Unas ráfagas de aire húmedo aportan la inminencia de unas lluvias que no se llegan a materializar. También el otoño se resiste a venir. Y el resultado es este interregno dudoso, ni carne ni pescado, tan poco favorable, ay, a las voluntades ya de por sí heridas de indecisión y melancolía.

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