lunes, septiembre 05, 2011

PINTURA RÁPIDA, OTRA VEZ

De nuevo en el Concurso de Pintura Rápida de Ubrique. Esta vez sólo por la tarde, casi al filo de la hora en la que ha de hacerse público el fallo. Lo que tiene como consecuencia que nos hayamos perdido lo mejor, la larga jornada en la que es posible observar a los participantes en plena labor y apreciar el singular respeto con el que este pueblo acoge lo que en otros sin duda sería contemplado como una estrambótica interferencia en la vida cotiadiana. Este año, ya digo, teníamos nuestros motivos para reservarnos: huíamos del calor, del tedio de las largas horas que median entre la sobremesa y el momento del fallo; y habíamos cedido a la natural reticencia de C. a pasar el día pendiente de los dichos y hechos de un grupo variopinto de adultos más o menos despendolados... Así que bajamos al pueblo cuando ya la mayoría de los cuadros estaban expuestos en la plaza del Ayuntamiento y el jurado efectuaba su ronda, antes de recluirse para una deliberación que fue mucho más larga de lo habitual. El fallo, de todas maneras, no decepcionó: por primera vez desde que asisto a este concurso, el jurado se mostró abiertamente partidario de la pintura figurativa y no apostó por esos curiosos híbridos entre informalismo y figuración que prosperan en esta clase de certámenes en cuanto se corre la voz de que lo que se premia es lo "moderno". De hecho, había cuadros de ese estilo que parecían calcados de los ganadores de otros años, y no éramos pocos los que, resignadamente, preveíamos que los premios iban a ir a parar a ellos.

No fue así, y eso fue motivo de sorpresa y alegría para muchos. Los tres primeros premios dieron fe de esta sorpresiva decantación del jurado. El primero, que me pasó desapercibido cuando tuve ocasión de verlo de cerca, era una sencilla composición que reproducía un trozo de muro de una conocida finca de la localidad, reconocible por el color de la fachada y la forma singular de las dos puertas que recogía el fragmento. El mérito del cuadro, supongo, residía en el tratamiento dado a las texturas, y también en su sugerencia de clausura y soledad. También en el cuadro premiado en segundo lugar, por cierto, llamaba la atención la ausencia de personajes humanos: reproducía lo que, por el complicado escorzo en que se resolvía la composición, me pareció la boca de una calle en cuesta, en la que podían verse algunos vehículos aparcados. No han faltado cuadros "de coches" en anteriores ediciones del concurso: tal vez porque permiten combinar una cierta modernidad de trazo -la necesaria para reproducir las formas nítidas y limpias del artefacto tecnológico- con la necesaria condición de imagen extraída del entorno inmediato. Fuera como fuera, al jurado le gustó la manera cómo estaba resuelto este cuadro, y le otorgó un premio destacado.


El tercer premio correspondió a uno de nuestro amigo J.A.M.: un detalle del llamado Callejón del Norte, que es una intrincada calle en cuesta y sin salida en la que las construcciones irregulares parecen amontonarse sobre los salientes rocosos de la montaña sobre la que se asientan. El detalle reproducido por J.A.M. mostraba el juego de la luz en algunos de los salientes rocosos que afloran al pie de los muros y sirven de base a improvisados parterres. Lo más destacado del cuadro era la impresión de profundidad lograda por el mero tratamiento de la incidencia de la luz sobre la piedra; y también, como en los otros, una melancólica atmósfera de soledad. Era, de todos modos, un cuadro extraño, porque la luz, en vez de tender a una uniformidad blanca y cegadora, como era de esperar, estaba virada a una tonalidad ocre un tanto irreal, que me llevó a preguntarle a su autor -antes, naturalmente, del fallo del jurado- si esa luz era producto de su imaginación o, efectivamente, era la que había habido en ese lugar en algún momento del día. No entendí su respuesta: "No, es una luz buscada". Lo que no me aclaraba si la búsqueda, como suele suceder en estos casos, había tenido lugar dentro o fuera del propio pintor.


Estos fueron los tres primeros premios. Algo convencionales, desde luego, pero también nítidos y, entiendo, poco discutibles, porque traslucían que el jurado tenía una idea clara del asunto sobre el que había de pronunciarse y quiso atenerse a ella. Hubo otros premios, hasta siete. Y, naturalmente, otros cuadros de interés, además de los premiados. Entre ellos, uno del decano de los pintores de la localidad, Antonio Rodríguez Agüera, dueño de un estilo muy personal; e indiferente ya, por su edad y prestigio, a los alardes técnicos y efectistas de los que otros han de hacer gala para destacar en esta clase de certámenes. Pintó... un garabato. Pero qué garabato: unas poderosas líneas negras que evocaban, a quien supiera mirarlas, las sinuosidades del escenario elegido como modelo, que no era otro que el mismo Callejón del Norte al que antes nos referíamos. Recordaba el cuadro a esos dibujos de Ramón Gaya en los que una simple línea basta para sugerir el volumen de una figura, y hasta la atmósfera que la envuelve... Ajeno a ese virtuosismo, otro amigo nuestro, el jerezano J., que al parecer le disputó al propio Agüera la posición elegida para pintar su cuadro, reprodujo también ese mismo Callejón... en un reflejo circunscrito a la superficie pulimentada de una olla a presión, bajo la que escribió, a modo de lema adecuado a estos tiempos de crisis: Vengan guisos de papas


La crisis. De no andar la economía de uno algo achuchada, hubiera comprado, para mi colección, alguno de los cuadritos expuestos en el improvisado mercadillo de arte instalado en la fachada del estudio del pintor José Luis Mancilla, en ese mismo Callejón. Uno del propio anfitrión, por ejemplo (que andaba ufano porque ese día se había hecho público el cartel que ha pintado para la Feria, y que no es otra cosa que un franco retrato de una vecina suya de ochenta años, ataviada con un espectacular vestido morado con lunares blancos); o alguno de Jorge Gallego, el joven pintor que gana importantes premios nacionales y empieza ya a cotizarse en el extranjero... Otro año será.  

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