viernes, septiembre 23, 2011

UNA PRESENTACIÓN

Podría haber sido un acto literario más: un público más o menos aburrido enfrentado a un autor que cubre el trámite de presentar su libro. Pero concurrieron un cierto número de circunstancias singulares, que hicieron que saliéramos de él con la sensación de haber rozado el logro de ese conjunto de difíciles aspiraciones en que debiera consistir el ejercicio de la literatura. Venía Antonio Rivero a presentar su biografía de Luis Cernuda. Y me tocaba a mí introducir el acto y presentar al autor. Algo, en fin, en lo que puedo decir que tengo ya cierta práctica, aunque no sea más que por haberlo hecho en unas pocas ocasiones en los años que llevo dedicándome a esto. La rutina no se define tanto por la frecuencia como por la regularidad con que se llevan a cabo determinadas acciones; y efecto de la rutina es que que sobre estas acciones, aunque casi siempre gratas, pese a veces un cierto descreimiento... Jugaba en contra de este sentimiento, no obstante, el hecho incuestionable de que me gustaba el libro que había de presentar, y también la simpatía que siento hacia su autor, al que me unen no pocas afinidades. Pero, ya digo, no había nada en el ambiente que permitiera presagiar que esta presentación fuera a salirse de esa discreta medianía en que transcurren la práctica totalidad de los actos literarios. Salvo, quizá, nuestra sorpresa -la del autor y mía- al ver que el escenario elegido, un hermosísimo y recatado patio jerezano, no tenía nada que ver con la frialdad de las dependencias oficiales en las que suelen trascurrir estas celebraciones. Y fue el lugar el que acabó imponiendo sus sugerencias y determinando las sorpresas que habían de venir. A decir del autor, este patio hubiera sido del gusto de Cernuda, por lo que tenía en común con los rincones retirados que aparecen en muchos de sus poemas de nostalgia sevillana, y por ser también parecido a los de las casas de Coyoacán, el barrio de México D.F. en el que el poeta pasó los últimos años de su vida. La evidencia fue creciendo a lo largo del acto, y hubo un momento en que el biógrafo casi logró convencernos, no ya de que esa casa se parecía a la que habitó el poeta, sino que era la casa del poeta, y que tras las ventanas de una de las habitaciones que daban al patio en que estábamos había muerto éste en una tarde de 1963... Miramos todos instintivamente hacia esa ventana, casi convencidos de que, efectivamente, tras ella se estaban apurando los últimos momentos de Luis Cernuda. Y fue entonces cuando el biógrafo, para cerrar el acto, leyó "Elegía anticipada". La voz se le quebró al llegar a los últimos versos. Al final del acto, por pura fórmula, le pregunté si ese temblor de la voz se debía a una simple afonía, después de haber estado hablando casi una hora, o a la emoción. Sabía la respuesta. Tampoco al público se le escapó el detalle, que fue recibido con un silencio conmovido... Todo esto ocurrió, por decirlo en términos vallejianos, en un "día jueves". Y me gustó. 

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