miércoles, octubre 26, 2011

ANSIEDADES



Se van espaciando las entradas de este diario. No por cansancio, ni por falta de cosas que escribir (¿habrá asunto más inagotable que el egotismo?), sino por... interferencias externas. El tiempo, ese bien insuficiente. Y qué mejor manera de ganarlo -de acopiarlo para uno, por así decirlo- que perdiéndolo de este modo. 


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Oigo o leo, mientras tanto, las numerosas declaraciones solemnes que han seguido al anuncio de que Eta abandona su actividad terrorista. Y me acuerdo, no sé por qué, de La guerra de nuestros antepasados, una novela de Delibes que yo conozco en su versión teatral, que vi hace años en el Círculo de Bellas Artes, protagonizada por un lloriqueante José Sacristán... Lo de lloriqueante lo digo en más de un sentido; porque, aparte de que el monólogo fue dicho en un monocorde tono de gemido, que desde entonces asocio a la voz de ese actor, como ciertos olores relacionados con determinadas circunstancias parecen hacerse notar incluso cuando objetivamente no hay motivo para ello..., aparte de eso, digo, en la función a la que acudí el maquillaje terminó cegando al actor, que tuvo que parar su representación para limpiarse los ojos. 


Pero a lo que iba: la tesis de esa obra era que los españoles tenemos inculcada la idea de que a cada generación corresponde una guerra fratricida. Si eso es así, la nuestra, la correspondiente a mi generación, ha sido esa insensata campaña de crímenes prolongada a lo largo de medio siglo. Comparativamente, hemos salido ganando: esas violencias sólo han afectado directamente a una mínima parte de la población. Nada comparable a, por ejemplo, la última guerra civil. Pero el efecto embrutecedor sobre las conciencias, al menos durante los años más intensos de esa campaña -desde la entrada en vigor de la Constitución hasta finales de los noventa, más o menos- ha sido el mismo. Basta leer la prensa de esos años -yo lo he hecho, mientras documentaba mis novelas-: al titular sangriento seguía, casi invariablemente, el frío añadido de que la víctima -a veces, un bedel, un portero, un conserje- había incurrido en su pasado en tales o cuales simpatías o compromisos que parecían hacerlo acreedor de ese destino. A otros les bastaba con ser policías o militares. Y tardamos años, lustros enteros, en darnos cuenta de que el alcance de esos crímenes selectivos (o no tanto) era mucho mayor; que el objetivo era toda la sociedad civil de la que formamos parte. Y parece casi natural que el final de la banda haya llegado (o no, porque tampoco está muy claro)  justo cuando parece que hemos superado definitivamente esa enfermedad moral inducida. De eso, y no de otras cosas, es de lo que debemos congratularnos.


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Llueve como con prisas. Es una lluvia moderna, afectada de ansiedad y estrés.

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