lunes, octubre 17, 2011

BASTA UNO


Las terrazas de la calle comercial de U. estaban atestadas. Era la terrible hora de la sobremesa, que en otras ciudades vacía las calles y descorazona a aquellos que, por inadvertencia o por un cálculo erróneo de sus apetencias y sus fuerzas, se hallan fuera de casa. Aquí no: aquí la gente se entrega alegremente al placer de tomar café en compañía y devorar, como hacemos nosotros, un gran paquete de dulces. Y hay tanta alegría en el ambiente que nos parece haber retrocedido a otros tiempos, si no menos apesadumbrados, sí más optimistas; porque, aunque las condiciones objetivas fueran entonces más duras que las de hoy, el designio de la época era mejorar, y se daba por seguro que el hijo alcanzaría a vivir con más desahogo que el padre, por ejemplo. Y algo de eso hay en esta multitud compuesta mayoritariamente de parejas jóvenes: una especie de añoranza de la sencillez de la vida en otros tiempos. Pocos minutos antes hemos visto pasar un cortejo de boda. Todo el pueblo parece celebrar algo. O quizá simplemente es que estamos en la última tarde de este largo veranillo extemporáneo, cercano ya al corazón del otoño, y hay que aprovecharla.

***

Nosotros hemos venido aquí, entre otras cosas, a visitar los estudios de algunos pintores. A estos amigos que nos acompañan les hemos transmitido nuestro entusiasmado asombro ante la vitalidad de la escuela pictórica local, y nuestra extrañeza ante el hecho de que esta eclosión venga durando ya treinta años y se desenvuelva absolutamente al margen de los cauces habituales del mercado artístico y ante la ignorancia e indiferencia de los entes capitalinos -prensa, autoridades culturales, artistas más o menos acomodados- que debían entender de estas cuestiones. 

Aquí esas cosas no importan. Ya ayer, en B., nuestra base de operaciones, visitamos el estudio de uno de los representantes más característicos de este fermento: mi amigo el pintor José Antonio Martel; que, haciendo gala de su curioso instinto de contradicción, acaso puso más empeño en mostrar a mis acompañantes sus probaturas juveniles que en hacer valer el mérito -evidente, por otra parte- de sus grandes cuadros recientes. Aun así, los visitantes pudieran hacerse una idea cabal del perfeccionismo de este pintor, de la madurez de su obra última -retratos, sobre todo-, y de la progresiva depuración que va alcanzando su paleta, antes colorista  y luminosa, ahora sutilmente velada por la melancolía que sobreviene a todo contemplador en el momento en que constata la fugacidad del objeto de su empeño: la retención de la belleza e intensidad del momento presente... 

De las urgencias de este presente fugaz tuvimos alguna muestra al final de nuestra visita. El pintor andaba ajetreado: era uno de los convidados a esa boda con la que nos cruzamos en el pueblo vecino al día siguiente, y en su casa se alojaba algún que otro invitado. Así que lo dejamos con sus ocupaciones, en esa especie de nerviosismo perpetuo que parece el rasgo más característico de este artista y es el fermento, creo, de sus logros más reposados.

Al otro día nos levantamos temprano: el plan era bajar al pueblo vecino por la antigua calzada romana; y. una vez allí, visitar los estudios de otros dos pintores. 

Así lo hicimos. El paseo fue lento y demorado: uno de los nuestros se había lastimado un pie y avanzaba con cierta dificultad por el pavimento pedregoso. Aun así, llegamos a la primera cita más o menos a la hora concertada. Nos esperaba el pintor Antonio Rodríguez Agüera. De él conocía yo, además de su obra accesible en Internet y de los cuadros entrevistos en una fugaz visita a sus estudio hace algunos años, la respetuosa leyenda que de él difunden sus colegas más jóvenes: que ha vivido siempre de la pintura; que, en su juventud, con el dinero conseguido por la venta de un cuadro, se fue a Nueva York, y que el primer cuadro que pintó allí, en la Quinta Avenida, lo vendió a un entusiasmado viandante antes incluso de haberlo terminado... 

Estamos en su estudio, una diminuta casa de arquitectura tradicional, primorosamente encalada. En la viga central hay un nido de golondrinas, que el dueño de la casa respeta escrupulosamente, para que sus inquilinas vuelvan año tras año. Nos enseña los cuadros en los que anda ocupado: dos lienzos de gran formato en los que reproduce el interior del estudio a distintas horas del día. "Rutina", dice. Porque otras son las inquietudes de este pintor autodidacta, de excelentes dotes para la pintura tradicional, a la que sin embargo considera con cierto despego: de esas otras inquietudes dan fe sus cuadros más imaginativos, unas inquietantes vistas de calles desiertas cuyas casas encaladas adquieren inesperados rasgos humanos; o su último estilo, en el que, como el murciano Ramón Gaya o los pintores japoneses, se vale sólo del trazo negro para sugerir volúmenes y atmósferas. El pintor acepta la cerveza a la que lo invitamos en un bar cercano; al poco tiempo, una llamada telefónica lo requiere: lo solicitan sus hijos y nietos. 

La segunda visita del día es al estudio de José Luis Mancilla, en el Callejón del Norte, uno de los rincones más pintorescos de U., y el absoluto reverso de la bulliciosa vida industrial y comercial por la que éste pueblo es conocido. Aquí todo es silencio. El estudio es también una casa tradicional, organizada en varias dependencias y rematada por un curioso patio que se eleva por detrás de la misma, hasta sobrepasarla en altura, dando fe de la abrupta topografía sobre la que se asienta la parte antigua de la población. Como el estudio es pequeño, el pintor nos hace salir a la calle. Y allí, sobre una pared en sombra, va colocando sus cuadros de gran formato, a los que un viento lateral hinche de vez en cuando, como velas, amenazando con hacerlos caer. El rasgo más característico de este pintor es que el rico colorido de sus cuadros parezca tender a resolverse, en casi todos ellos, en una luz en la que predomina una cierta tonalidad violácea. Esa obsesión por el azul, diríamos, infunde autoridad al cuadro suyo que más me impresiona: una marina casi abstracta, en la que se representa apenas el espumajeo de las olas al romper sobre las piedras de la orilla (la foto de ese cuadro que pongo aquí apenas le hace justicia). Unas cervezas muy frías, bebidas en el insólito patio-terraza que remata su casa, ponen punto final a nuestra visita.

Miro a mis acompañantes: parecen convencidos. Mi idea de que la excelencia artística puede alcanzarse lejos de las candilejas y al margen de los grandes intereses creados sale reforzada. Estos pintores -y otros que nos hemos dejado en el tintero, como el jovencísimo Jorge Gallego; o como el ecijano, pero asimilado a este entorno, Manuel Morgado- son, en su ambiente y a su manera, artistas reconocidos, que obtienen del mero ejercicio de su arte las recompensas que otros vanamente demandan del ruido mundano. De su trato y, sobre todo, de su ejemplo artístico, sale uno mejorado y reforzado. Por eso los frecuento. Y por eso me alegra haber compartido este conocimiento y este trato con los amigos (Lourdes, Ángel, Carmen, Antonio) que nos han acompañado a M.A. y a mí este fin de semana. 

***

A la hora en que manifestantes de todo el mundo se habían conjurado para ocupar lugares céntricos de sus ciudades, en protesta por el pavoroso panorama económico y social al que parecen querer condenarnos los gestores políticos de la actual crisis, un chico al que no habíamos visto antes en el pueblo se presenta en la solitaria plaza del ayuntamiento y, después de dar algunas vueltas, como buscando un punto idóneo para situarse, se sienta en el filo del alcorque de una de las palmeras que adornan el lugar. Permanece allí un tiempo. Lo observamos desde una terraza frontera: no parece estar esperando a nadie, no parece tampoco un simple paseante que se toma un respiro. Su aspecto, si acaso, es similar al de toda esa juventud protestataria que en ese mismo momento ocupa las plazas de ciudades de todo el mundo. Y se me ocurre que su presencia aquí obedece a ese propósito: que él es el encargado de ocupar la plaza correspondiente de este pueblo: porque si en ciudades de millones de habitantes han bastado unos pocos centenares o miles para poner voz y rostro al descontento, aquí, en justa proporción, basta uno solo.  

2 comentarios:

ANTONIO SERRANO CUETO dijo...

Si fuese secretario o notario, daría fe de cuanto dices. Me conformo con agradeceros a ti y a M. A., en mi nombre y en el de Carmen, el estupendo fin de semana, tocado desde el principio por los pinceles serranos. Un fuerte abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Iguualmente, Antonio. Fue un placer.