jueves, octubre 06, 2011

EXPLOSIÓN

Algunas obligaciones sobrevenidas me han hecho pasar dos tardes fuera de casa. Y como tampoco esas obligaciones han sido, en fin, tan extenuantes como su mera formulación pudiera hacer pensar, me han permitido, de paso, disfrutar de dos tardes absolutamente esplendorosas, en las que la benevolencia del verano atenuado que andamos viviendo se ha fundido con las sutilezas iniciales del otoño. Tardes de colores intensos y saturados, sobredorados por la luz decreciente, y en las que la concurrencia humana, despojada de muchas de esas aparatosas superfluidades de las que nos ha ido privando la crisis, parecía feliz por el mero hecho de disfrutar de los beneficios del aire libre. Caigo en la cuenta de que, en los últimos dos años, apenas he disfrutado de tardes como éstas. El mundo cuenta con dos novelas más (que tampoco leerá mucha gente); pero, a cambio, yo he perdido quizá un centenar de ocasiones de sentirme en armonía con la vida y con mis semejantes. Y eso no tiene precio.


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Lo que antecede contrasta con la vociferante realidad de la que hablan los periódicos, las radios, las televisiones. Varias veces he leído u oído hoy que estamos al borde de una "explosión social". Con fundamento, desde luego. Pero, dada nuestra tradición cainita, me pregunto si insistir demasiado en esta terrible posibilidad no supone, más que conjurar un peligro cierto, deleitarse en su anticipación, mientras se afilan las uñas para la rapiña.


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Algunos, la verdad, lo hacen muy bien. Pienso en la causa que la Audiencia Nacional acaba de abrir contra cierto rapero que, al parecer, ha escrito una canción que ensalza al fundador de una banda terrorista que tuvo algún predicamento y una sangrienta trayectoria en los años setenta y ochenta... No es que uno sienta ninguna simpatía por esa clase de mensajes. Pero se me ocurre que medidas como ésta proporcionan a la creciente, y creo que justificada, desafección general hacia el sistema político y económico imperante un argumento más y un posible héroe. Que, además, ha ganado una popularidad impensada. Pienso en el caso de Las Vulpes, en los ochenta, con el que me he tropezado precisamente mientras documentaba mi novela recién terminada. Esta banda punk femenina interpretó en televisión una versión desastrada del I wanna be your dog de The Stooges, que ellas titularon Quisiera ser una zorra. La emisión de esa canción hubiera pasado probablemente desapercibida si el periódico ABC no la hubiera convertido en piedra de escándalo, empujando a la timorata judicatura de entonces a abrir un proceso a la mencionada banda. Que se cerró en el otoño de 1986 -en la época de mi novela en ciernes- con el sobreseimiento del caso. 


Este otro acabará igual, seguro. 

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