lunes, octubre 24, 2011

LA ILÍADA EN EL BOLSILLO

Corregidas las primeras pruebas de Ronda de Madrid. 366 páginas entre sábado y domingo. Me duele la espalda, las piernas, el hombro tocado de tendinitis, tengo la vista cansada... Y la sensación de que los libros no sólo se escriben: también se tallan. 


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Claro que también hubo tiempo, por la noche, para salir a tomar algo. Y a constatar los limitados efectos  benéficos de la crisis, que los tiene. En este restaurante relegaban antes a un incómodo vestíbulo, donde había que comer de pie, a quienes venían sólo a picar algo: el comedor estaba reservado para quienes hacían una comida completa. Ahora no: me extraña encontrar el vestíbulo medio desmantelado, y que me hagan sentar, con todos los honores, en una mesa con mantel y el cubierto completo. Comparto con M.A. tres generosas raciones, que apenas si podemos terminar. Y, al final, nos invitan a copa y todo. Saben que, si no es así, no tendrían siquiera la exigua clientela con la que todavía cuentan. Y que no hubieran perdido, quizá, si las pretensiones de antes no hubieran sido tan excesivas.


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La poesía de Barry Gifford, el guionista de David Lynch: el laconismo de Wallace Stevens o William Carlos Williams, pongo por caso, al servicio de las depuradas imágenes que el asombro depara a quien sabe tener bien abiertos los ojos ante la realidad contemporánea. Como en el poema que abre Back in America, el libro suyo que acaba de publicar Renacimiento: un vaquero viejo de cuyo bolsillo asoma... una edición de la Ilíada. ¿Inverosímil? Pero ¿acaso no anoté yo en este cuaderno, hace unos meses, que había encontrado una edición del poema de Homero, en la versión renacentista inglesa de George Chapman, en el Carrefour de Aluche?


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En contra de mi costumbre, acompaño a M.A. y C. a comprar ropa. Yo también necesito comprarme algo, para conjurar mi tendencia natural a dejar que la ropa se me caiga a pedazos. Pero lo mío, en fin, queda despachado en cinco minutos, mientras que lo de ellas... Pero ya se sabe que ellas no vienen exactamente a comprar, sino a disfrutar de un ritual que a los hombres nos está negado, y del que forman parte las consideraciones cómplices de las dependientas, el placer de disfrazarse, las confidencias intercambiadas en el probador... Mientras tanto, yo me distraigo mirando a la concurrencia. Limpias, radiantes, embellecidas. Porque aquí se viene, creo, no tanto a reponer lo viejo, como hago yo, como para asegurar la novedad perpetua, la eterna juventud, la lozanía inextinguible... Cuyo primer ejemplo, ay, lo proporcionan las propias dependientas.

2 comentarios:

Olga Bernad dijo...

Por partes: cierto eso de que los libros no sólo se escriben y que dejan en nosotros una huella física innegable. Enhorabuena y, sí, celebrarlo en un buen restaurante es compensar (también físicamente) ese esfuerzo. La crisis está regulando una nueva relación entre oferta y demanda que parece tener algún aspecto positivo;-). Yo celebro las cosas comprándome ropa, aunque sea un pañuelo, o unos simples guantes... y disfrutando como una enana del ritual que describes. Pequeños placeres.

Me apunto lo de Gifford, parte de la magia de Lynch.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No se puede pedir más, Olga: me alegro de esta coincidencia tan plena, y casi siento no disfrutar del todo esos placeres de los que fui mero testigo.